sábado, 14 de mayo de 2011

Friday thoughts

La palabra “designio” tiene algo de mística y algo de ominosa. “Los designios de Dios son inescrutables”. No hace falta más que eso para condenar al más, al menos, o al mas o menos creyente a encerrarse en un laberinto determinista sin puertas ni ventanas ni ventiluces. Y Y aún si tuviéramos la masculinidad suficiente como para “escrutar” a los famosos designios, a la larga terminaríamos comprendiendo que todo aquello de la inescrutabilidad sí tenía gollete después de todo. que mas vale quedarse chanta y esperar que algún domingo nublado, mate en mano, terminemos abriendo la boca cual niño frente a director de escuela y comprendamos, finalmente, que menos mal que los designios eran inescrutables porque gracias a eso hoy estamos donde estamos. Pero entonces… saberlo debería hacernos la vida mas fácil. Y sin embargo, no. Es que a veces los inescrutables designios pisan demasiado fuerte. Y es cierto que circula aquel dicho de que Dios, ponele, no coloca sobre nuestras espaldas mas peso del que éstas puedan soportar. Y que en el proceso de acumulamiento de peso descubrimos que nuestras endebles espaldas no lo eran tanto. Pero no dejan de ser espaldas. Y hasta Don Atlas habrá llegado, en algún momento, a un punto en el que dijo: “esto ya es demasiado”.

miércoles, 17 de noviembre de 2010

Volvimos! 14

Durante casi una hora, Julia y su hijo se mecieron amorosamente en una silla de mimbre junto a un hogar apagado. Entonces, Julia finalmente recordó que ya era de noche, y que no pasaría demasiado tiempo hasta el amanecer. Entendió que se encontraba en un dilema: había despedido a la niñera, y no podía abandonar al niño para irse tras la puerta. Tampoco podía quedarse allí. Su marido regresaba, tal vez no tendría tiempo para justificarse y escapar. Decidió conducir la pesquisa con el niño en brazos; después de todo, él no existiría una vez que Julia cruzara la puerta.
El lugar más esperado era un armario, por lo que el menos esperado, pensó Julia, podría ser un espacio abierto: el jardín, la terraza. Esto último le sonó lógico, y subió al techo de la casa sin reparar en el viento que había comenzado a soplar afuera. Como consecuencia del frío, el niño estalló en llanto, justo cuando Julia vislumbraba la puerta en un tanque de agua semiabierto. Aunque sabía que el niño desaparecería, Julia no podía dejar a una criatura en el piso, en una noche cada vez más fría. Cerró los ojos, justo en el momento en que un auto estacionaba frente a la casa, y con el niño junto a su pecho, se deslizó sin pensar dentro del tanque.

-7-

Cuando abrió los ojos en el recinto de la feria, lo primero que vio Julia fue a una de las mujeres, pero esta vez no estaba en su correspondiente sillón, sino parada frente a Julia. “Las cosas no están saliendo bien”, se animó a decirle tras varios minutos de mirarse en silencio. Los ojos de la mujer, cargados de silenciosa sabiduría, se enternecieron sutilmente. “El...” dijo Julia, y sintió que sus ojos se llenaban de lágrimas, “...ya no existe, ¿verdad?”. La mujer sonrió, y con un movimiento de su mano, que jamás tocó el rostro de Julia, le secó las lágrimas. “El siempre existe”, susurró a sus oídos la mujer, y se desvaneció.
Julia se dejó caer en el piso frío, y durante varias horas contempló las altas cortinas rojas. Todo el tiempo pensaba que alguien vendría a decirle que no podía quedarse sentada allí, pero eso nunca sucedió. La embargaba una enorme tristeza, y deseó con todas sus fuerzas volver el tiempo atrás, al momento en que había decido que buscar la Feria de los Mundos era una buena idea. Había estado en sólo dos de sus mundos posibles, y ya casi ni recordaba su vida original. Se acostó en el piso, y trató de evocar detalles, cosas pequeñas, que le devolvieran algo de su débil identidad. Por alguna razón, le vino a la mente el recuerdo de Brian IV, y de cómo su madre se había perdido en la feria, y tal vez correría un destino similar. ¿Y si la feria fuese un engaño?, pensó con algo de temor, ya que no descartaba la posibilidad de que las figuras del recinto oyeran sus pensamientos. ¿Y si no hubiese forma de vivir la mejor de las vidas posibles, y la feria fuese un castigo por haber renegado de la original? Sólo había una forma de averiguarlo.
Como había sucedido con las anteriores, la siguiente vida fue un fiasco. Julia era maestra en una escuelita de pueblo, y aunque en un principio había esperado lo contrario, ésos alumnos no eran mejores que los que había tenido en la gran ciudad. Peor aún, sus limitaciones para imaginar eran mayores, ya que sus padres se ganaban la vida haciendo trabajos manuales y les prestaban casi nada de atención. Sin embargo, algo sucedió esta vez, que cambiaría el destino del viaje de Julia por completo.
Había cumplido una agotadora jornada en la escuela, enseñando a los niños del primer grado a escribir la letra L, y a sostener correctamente los cubiertos (en la escuela había un comedor al que asistían todos los niños del pueblo al mediodía, mientras los adultos trabajaban), y no veía la hora de encontrar su puerta y salir de ahí. Fue durante la búsqueda, la que Julia había decidido debía llevarse a cabo en una estación de servicio, que se encontró con una cara familiar.
El portal se encontraba dentro de un viejo y anticuado surtidor de nafta fuera de servicio, que contaba con una puerta que se abría para colocar el tanque de gasolina. Julia, que se hacía más y más perspicaz a la ubicación de las puertas, la reconoció en el acto y caminó, cansada, hacia ella. Antes de decidirse a abrirla, echó una ojeada rápida sobre su hombro, para asegurarse de que nadie la estuviera mirando. El que alguien la viera no le resultaba un problema, ya que al cruzar la puerta, todo eso desaparecería, pero sí la intranquilizaba el pensar que alguien se lo impidiera, y ya no pudiera volver al lugar indicado. Entonces, sus ojos se encontraron con otro par, muy cerca suyo, atentos al movimiento que Julia planeaba realizar. Era un rostro conocido, aunque en un principio le costó a Julia entender de quién se trataba.

miércoles, 7 de julio de 2010

Detour

El vacio es ese espacio que hay en medio de todo lo que conforma nuestro universo. Paricularmente, un texto esta compuesto de palabras y vacios. Muchos se han dedicado ha explorar ese vacio, a averiguar que esconde, que dice, en el afan de no decir nada. En el fondo, todos sabemos que el espacio vacio esconde todo lo que no se dice. Y lo que no se dice, por lo general suelen ser las mayores verdades. No hay mentira posible para aquel que descifra el vacio. Por eso muchos otros prefieren no descrifrarlo.

miércoles, 23 de junio de 2010

trece

En cuestión de lo que parecieron segundos, se encontraba una vez más en el recinto principal de la feria de los mundos. Por alguna causa, el lugar parecía más pequeño que la primera vez. Julia quiso probar suerte con las cuatro guías antes de seguir. “¿Podrían materializarse una vez más? Tengo tantas preguntas...”. Los dos hombres y las dos mujeres, todos con sus sillones, brotaron de la nada y se posaron frente a ella. “Muchas gracias por venir”, comenzó Julia. “Necesitaría saber si hay un sistema para explorar los mundos, algo que permita que uno vea un paneo de su vida sin perder tiempo”. Las cuatro cabezas se movieron de un lado a otro en una unánime negativa, para luego desaparecer una vez más. Julia cerró los ojos, y volvió a cruzar el telón.
Esta vez, no despertó en su cama, sino que simplemente se vio a sí misma sentada en un banco, en una plaza atiborrada de niños. A su alrededor había varios adultos supervisando el juego de los pequeños, y haciendo estúpidos sonidos, aplaudiendo cada pequeña cosa que los niños hacían. ¿Será que uno de éstos es mío?, se preguntó Julia. ¿Pero cuál? Había decenas de niños de distintas edades. Se le ocurrió que una madre debía conocer a su hijo bajo cualquier circunstancia, y se avocó a mirar a cada uno, en el afán de que algún par de ojos le dijera “mamá”.
No le costó mucho desistir (eran demasiados), y fue cuando finalmente dejó de buscar y se paró en un rincón, con una mano sobre la frente para descansar del sol, que una pequeña mano comenzó a tironear de su pollera. El rostro, pequeño y rosado, era el de un ángel con aires a Julia y a alguien más. Pero ya habría tiempo para eso. Con el niño en brazos, Julia se sentó en un banco solitario, bajo la sombra de un palo borracho. La manita del niño acariciaba tiernamente su cara, mientras Julia reparaba en el hecho de que no sabía donde vivía. Esta vez no llevaba ni carteras ni bolsos llenos de información valiosa, por lo que decidió explorar sus bolsillos. Sólo encontró algo de plata y un papel doblado. Era un ticket de lavandería a su nombre, pero el apellido no era el suyo. Será el nombre de mi esposo, pensó Julia, y corrió a conseguir una guía telefónica.
Arribó a la casa cerca del anochecer. No tenía llaves, y al tocar el timbre se encontró con un joven apuesto que depositó en su boca un rápido beso. “Cuanto que tardaste. No te acordaste que hoy teníamos la cena en lo de los Márquez, ¿verdad?”. Julia simuló estar apenada por el olvido. El joven tomó al niño de sus brazos, y Julia subió una escalera de madera que, asumió, llevaría a su dormitorio. Había un vestido negro tendido sobre su cama. Julia se dio una ducha rápida en un baño desconocido y bajó, vestida para la ocasión, a descubrir con quién se había casado.
A las nueve en punto llegó una niñera, y Julia pronto se vio viajando en un suntuoso auto, junto a un apuesto joven que no le producía la más mínima sensación. Callaba, y sentía que siempre habría sido así, ya que el joven no paraba de explayarse sobre cosas que a Julia no podían importarle menos. Aunque no lograra imaginar qué elemento en su pasado había influenciado su decisión, se había casado con un joven emprendedor.
Lo que sucedió después no quedó muy claro en la memoria de Julia, pero estaba segura de que en algún momento se bajó del auto en leve movimiento tras cortar un semáforo, tomó un taxi que justo pasaba, y volvió a la que en ese mundo era su casa. Encontró al niño durmiendo en su camita, vigilado por la niñera. “Señora, ¿tan rápido terminó la cena?”. Julia buscó en su cartera algo de dinero, y se lo extendió a la chica sin mirarla. Cuando finalmente estaba sola con el niño, Julia pidió a los seres del recinto que enviaran una puerta, y abrazó a la criatura con todas sus fuerzas.

viernes, 26 de marzo de 2010

DoCe

El portón de la entrada principal de la escuela estaba a punto de cerrarse cuando Julia finalmente arribó a destino. Una portera a la que Julia no conocía –tal vez se habría incorporado al plantel en su día de ausencia, la recibió con amabilidad. “Si, ¿qué desea?”. Julia indicó que trabajaba allí, y observó el rostro de la señora llenarse de incertidumbre. “No, hace dos años que trabajo aquí, y jamás la he visto. Ah... viene a hacer un reemplazo”. Julia explicó el malentendido. La jefa de porteras, dos preceptores y luego la vice directora misma tuvieron que acercarse a explicarle a Julia que era una desconocida en esa institución. Agotada de dar explicaciones que no llevaban a ningún lado, Julia se alejó unos metros de la entrada y miró el reloj. Eran las ocho en punto de la mañana, y no sabía qué demonios debía hacer. En algún lugar de la inmensa ciudad, alguien se preguntaba dónde estaría ella.
Julia decidió volver a casa y buscar indicios de su ocupación en esta vida. En el cajón donde guardaba papeles importantes encontró un recibo de sueldo, y un contrato. Era un estudio fotográfico. Como un flash de energía eléctrica, Julia recordó un hecho de su infancia. Su abuelo solía hacerles a ella y a su primo, un año menor, regalos al azar, que debían ser encontrados por la casa. Una navidad, ella encontró un barco en una botella y su primo, una cámara fotográfica.
Julia se dirigió a la dirección en el recibo. Un hombre joven estaba de pie tras un escritorio, y la recibió con rostro angustiado. “Llegás tarde. Deberías estar en la escuela desde hace media hora”. “¿La... la escuela?” se animó a preguntar Julia. “Tenés que sacar la foto de los grados, ¿es necesario que te lo recuerde?”. Julia sintió su cuerpo petrificarse. No podía volver allí, y decir “Disculpen, olvidé que en realidad venía a tomar fotografías”. Decidió seguir la corriente, y continuar explorando esta vida.
Había caminado sin rumbo durante un buen rato, cuando un extraño ritmo, como de una canción popular, comenzó a emanar de su cartera. Levantó el pequeño teléfono que sonaba ansioso, y dijo “Hola”. Una voz rasposa y profunda contestó “Hola, ya lo tenés, ¿no? Tráelo a esta dirección”. Julia no logró entender nada, pero decidió recibir más información.
Tomó un taxi hasta el lugar indicado. Era un barrio poco adecuado para una joven sola, pero Julia se armó de valor. Después de todo, eran las nueve de la mañana. Golpeó una puerta despintada, tras la cual flotaba un olor desagradable. El hombre que abrió la puerta se veía tal como se escuchaba. “¿Lo trajiste? ¿Dónde está?”. Julia no tenía la más remota idea de qué debía haber traído, pero temiendo represalias de parte de esta desagradable figura, siguió el juego. “Necesito más tiempo. Algún detalle más sobre... eso”.
El hombre comenzó a perder la paciencia, y la voz se hizo más profunda aún. “¿Detalles? ¿Qué detalles querés que te de sobre un mono? Son pequeños, abrazan, hacen monerías y sirven para experimentos científicos, por lo que las empresas pagan dinero por ellos. Punto. Ahora desaparecé, y antes de que caiga el sol quiero a ese mono acá”.
Un mono, pensó Julia, para experimentos. “¡Si yo amo a los animales!”, dijo en voz alta mientras esperaba el ómnibus. No le molestaba ser fotógrafa, ¡pero contribuir a la explotación y tortura de animales de laboratorio! Volvió a su casa con el primer ómnibus que pasó, y buscó por todos lados información sobre el mono. En su mesa de luz, dentro de un libro, se hallaba una nota que detallaba dónde estaba el animal y en qué momento debía robarlo. “Quiero una puerta. ¡Ya!”, se apresuró a decir Julia en voz alta. Aunque era consciente de que no sabía lo suficiente sobre esta vida, entendió enseguida que no era mejor que la anterior, por lo que no merecía la pena. La puerta apareció en un aparador de la bajo mesada, en el que reparó por absoluta casualidad mientras se servía un poco de agua. Era, de hecho, una puerta, solo que algo pequeña, como una puerta para enanos. Julia no llego a preguntarse como cabría en ella, puesto que al solo contacto con la perilla la casa desapareció.

martes, 2 de marzo de 2010

XI

Tras varios minutos de besos y abrazos, Marcos tomó a Julia de la mano, y se acercaron al hombre, que los miraba expectante. “¿Y bien?”, les preguntó, adivinando su decisión, “¿Quién será el primero en entrar?”. Julia levantó la mano. “Muy bien”, dijo el hombre, levantando la barra del puesto de hamburguesas para darle paso. “Antes de que te vayas”, alcanzó a decirle Marcos, “quiero que sepas que disfruté mucho haberte conocido”. Julia asintió con la cabeza, pero no llegó a decir “Yo también”, porque el hombre la llevaba hacia el interior del puesto que, como era de esperarse, era un largo pasillo. Julia observó por última vez el rostro de Marcos, y luego todo se oscureció.
Caminó lo que le parecieron cuadras, sin poder ver hacia donde iba, guiada por la mano del hombre, que caminaba delante de ella. Cuando finalmente creyó ver luz al final del pasillo, todo se iluminó de repente, y Julia se encontró en una enorme habitación vacía. El hombre del puesto, que la había llevado hasta allí, ya no estaba. Lo único que había, aparte de ella, era una alta cortina de terciopelo rojo, justo en medio de la habitación. Parecía el telón de un teatro para enanos, pero no había escenario, sólo la cortina, suspendida en el aire, que era unos metros más alta que ella, y llegaba hasta el piso.
Lo primero que pensó Julia fue que debía atravesar la cortina, pero le pareció muy descuidado simplemente pasar. Creyó que tal vez sería buena idea solicitar indicaciones, así que le habló a la nada. “¿Alguien podría decirme qué se supone que debo hacer?”. Como por arte de magia, de la misma forma en que había aparecido la feria alrededor del aquel solitario puesto en el campo, Julia se encontró con cuatro sillones de altos respaldos aterciopelados. En cada uno estaba sentada una persona, dos hombres y dos mujeres, vestidos con largas túnicas de terciopelo de varios colores.
“Hola”, dijo Julia, que se dio cuenta de que no era muy buena para iniciar conversaciones con extraños. Los cuatro personajes le devolvieron el saludo. “Necesitaría saber qué debo hacer”, dijo Julia un tanto nerviosa, ya que las figuras eran bastante imponentes, como si se tratara de cuatro reyes y reinas salidos de algún cuento de los que solía leerles a los niños.
Una de las mujeres fue la primera en hablar “Bienvenida a la Feria de los Mundos. Eso frente a vos es una puerta... digamos que mágica”. “Al cruzar esa puerta, podrás acceder a otra realidad”, prosiguió uno de los hombres, “otra de tus vidas posibles”.
“No entiendo”, interrumpió Julia, “¿Qué es exactamente ‘otra vida posible’? Por ejemplo, ¿podría despertarme y ser una actriz famosa?”. El segundo hombre tomó la palabra y explicó “Eso depende de tu vida actual. Las vidas posibles son opciones dentro de los elementos existentes en tu vida en este momento. La vida está hecha de decisiones. Te subís al auto cada mañana y decidís qué camino tomar. Elegís uno, y te cruzás con una manifestación. A causa de eso llegás tarde al trabajo. Si hubieses tomado otra calle habrías llegado justo a tiempo. Si sumás la cantidad de decisiones que tomaste cada día de tu vida, y en cada caso elegís otra de las tantas opciones con las que contabas en ese momento, el resultado será otra de tus vidas posibles. Una vida que, dependiendo de la cantidad y la calidad de las elecciones, podría ser muy similar, o radicalmente distinta a tu vida actual”.
Le tomó varios minutos a Julia procesar lo que le estaban diciendo. Cuando finalmente comprendió, había varias preguntas en su mente. Eligió una al azar y la formuló. “¿Y cuál es el sistema? Es decir, ¿qué determina a cuál de mis vidas posibles viajaré si cruzo la puerta?”. La respuesta estuvo a cargo de la cuarta mujer, aunque Julia casi pudo adivinarla. “Lo más interesante es no saber. Al cruzar la puerta, nadie sabe a donde conduce. Sólo se sabe que las combinaciones serán distintas. Podría llevarte a la peor, a la mejor de tus vidas posibles, o a una que no es ni buena ni mala, pero que en alguna forma será diferente a la actual”.
Julia ordenó sus dudas prioritariamente. “¿Y qué sucede una vez que elijo? ¿Me quedo allí para siempre? ¿No puedo volver a mi vida actual nunca más?”. “¡Excelente pregunta!” exclamó el hombre que había hablado primero “Muchos gastan su oportunidad de averiguar cosas preguntando si van a morirse, o por qué estamos aquí nosotros, o cómo funciona la puerta” (la verdad era que a Julia le habría encantado saber la respuesta a todo eso, pero agradeció su sentido común), “La puerta ofrece oportunidades ilimitadas pero, por supuesto, existen reglas. Cuando te embarques en el descubrimiento de tus vidas posibles, podrás pasar en cada una sólo un día. Si la vida que visitaste no te agrada, podrás pedir una puerta para regresar aquí. La puerta, como sucede con la misma feria, aparecerá en el lugar menos esperado y será tu deber encontrarla. Al encontrar la puerta, ésta te transportará a esta habitación, y podrás volver a elegir”.
“¿Qué pasa si paso más de un día en una vida?” se apresuró a preguntar Julia. “Si llega el amanecer del día siguiente y no buscaste, o lograste encontrar la puerta, te quedarás allí para siempre, y esa se transformará en tu única vida posible” contestó una de las mujeres. “Y con respecto a tu vida actual, desapareció el segundo en el que cruzaste el puesto de hamburguesas. Pero no deberías afligirte demasiado, si hubieses estado satisfecha con ella, no habrías llegado hasta aquí”.
Julia pensó en Marcos, lo único que realmente echaría de menos de todas las cosas que había perdido. Entonces recordó que él se había quedado afuera, y se preguntó qué habría sido de él. “Ya es momento”, dijo uno de los hombres. Julia agradeció la ayuda de las cuatro figuras y caminó, con algo de temor, hacia el telón.

Julia abrió los ojos. Tenía una sensación en el cuerpo que le indicaba que había estado durmiendo varias horas, pero no recordaba haberse echado a dormir. Se sentó en la cama y trató de hacer memoria, de volver al momento en el que había cruzado la puerta. Nada, ni siquiera una imagen.
Miró a su alrededor. Estaba en su cuarto, el de siempre. Cada centímetro de empapelado, cada objeto sobre los muebles, indicaba que ese era SU cuarto. Inevitablemente, Julia pensó que la feria había sido un largo y laberíntico sueño del que acababa de despertar, y bajó a desayunar.
Media hora más tarde, ya se encontraba en su auto, escuchando su radio preferida, de camino a la escuela. En un momento del recorrido, trató de ubicar con la mirada la tienda del padre del señor de la feria. Por alguna razón, no pudo verlo. Tal vez no recordaba el lugar exacto y ya se había pasado. Tal vez...

martes, 2 de febrero de 2010

Ten

Ya estaban por darse por vencidos, cuando Julia recordó la conversación que habían tenido al respecto, y las palabras del librero Petropulos. “La Feria aparece en el lugar menos esperado. Tal vez no se refería a toda la feria, sino al sector donde está la Feria de los Mundos”. “¡Tenés razón!” exclamó Marcos, poniéndose de pie. “Pensemos: ¿cuál sería, dentro de esta feria, el lugar menos indicado para encontrar lo que buscamos?”. En ese momento Julia notó que su estómago hacía ruido, y recordó que no habían comido nada desde el improvisado desayuno en el descampado. “Todavía no visitamos ninguno de los puestos de comida”. Marcos asintió, y se quedó pensando. “¿Podrá ser que...?”.
Julia nunca había sido amante de los sabores exóticos, por lo que guió a Marcos hacia el puesto del cual emanaba el aroma menos picante. Quién lo atendía era un hombre bajo, de unos cincuenta años, cuyo rostro se le hacía a Julia muy familiar. “Me recuerda a alguien”, le comentó a Marcos por lo bajo, “pero no puedo darme cuenta a quién”. Pidieron lo que parecían dos hamburguesas, aunque el sabor no se asemejaba completamente al de las que vendían los puestos comunes. Mientras comían, de pie frente al puesto (no había ningún lugar donde sentarse), a Marcos se le ocurrió preguntar de qué estaban hechas. El hombre lo miró seria y profundamente, y dijo “Lo más interesante es no saber”. Marcos casi escupe el bocado que estaba masticando, imaginando quién sabe qué cosa. Julia, en cambio, examinó el rostro del hombre durante un instante, y exclamó “¡Ya sé de donde lo conozco! ¡Es la misma cara, los mismos gestos del señor de la librería! Sólo que bastante más joven”. El hombre miró a Julia detenidamente, y luego sonrió. “Es cierto. El señor que conociste es mi padre. Bienvenida a la Feria de los Mundos”.
Marcos dejó caer la hamburguesa (que de todas formas no pensaba terminar de comer) y ambos se miraron. “Lo que sospechaba. El lugar menos esperado”, dijo Marcos, “era un puesto de comida”. Miraron detenidamente al hombre de las hamburguesas, esperando que sucediera algo, pero el hombre no hacía mas que sonreírles desde su puesto. “¿Y bien?”, preguntó Julia un tanto ansiosa, “¿Dónde está?”. “Ah”, suspiró el señor, “Pero no es tan sencillo. A la Feria de los Mundos sólo se puede ingresar de a uno. Tendrán que decidir cuál de los dos va a ser el primero”.
Marcos miró a Julia, y ella le devolvió la misma mirada. “Pero, ¿qué va a pasar una vez que entremos? ¿Qué le pasa al otro? ¿Se queda esperando aquí?”. El hombre, siempre sonriendo, los miró con paciencia, como si hubiese escuchado esas preguntas infinidad de veces. “Si pudiera contestar todo eso, ya no tendría sentido la Feria de los Mundos. Como ya les dije, lo más interesante es no saber”. “¿Quiere decir que...?”, comenzó a preguntar Marcos, un tanto preocupado. “Quiero decir” siguió el hombre, “que para ingresar a la Feria de los Mundos, hay que dejar todo atrás. Esta no es una feria cualquiera. O se entra, o no se entra. Sin embargo, habiendo llegado tan lejos, no entrar significaría vivir en el peor de los mundos posibles: el de la eterna duda. Nadie puede olvidar jamás que estuvo en el umbral de la Feria de los Mundos. Nadie logra perdonarse no haber entrado. La incertidumbre se convierte en la peor enemiga”. “Pero, no entiendo”, dijo Marcos un tanto confundido, “¿No dice usted que lo más interesante es no saber? Ahora dice que no saber es el peor de los mundos posibles”. El señor miró a Marcos con sabiduría. “No saber es interesante cuando se está a punto de descubrirlo. No saber nunca, es como estar eternamente sobre un tren que nunca llegará a destino”.
Marcos y Julia quedaron en silencio, pensando. El hombre permaneció frente a ellos, esperando pacientemente. Finalmente, Julia se dirigió al hombre “¿Podríamos charlarlo un momento?”. “Por supuesto”, respondió amablemente el hombre, “pero no tarden mucho. No querrán dejar que se vaya el tren”.
Se alejaron unos metros del puesto para hablar más tranquilos. “Si decidimos entrar, creo que yo debería ir primero”, señaló Julia, “Yo empecé con todo esto, y si pasa algo malo, debería ser yo quien lo experimente”. “Como quieras, pero si pasa algo malo, dudo que tengas forma de comunicármelo. De todas formas, deberíamos pensarlo más. Podríamos desaparecer para siempre, o no vernos nunca más”. Ese pensamiento le provocó ganas de besarla, y Julia se aferró a él, pensando que había muchas posibilidades de que fuera un beso de despedida.

lunes, 4 de enero de 2010

Nueve

Julia acercó su mano a uno de los objetos, pero antes de que pudiera tocarlo el hombre le indicó que eso no estaba permitido. Julia no sabía que hacer. No podían tocar los objetos, y ninguno de los dos se animaba a preguntarle nada a ese hombre con rostro intimidante. Julia quería susurrarle algo a Marcos, pero le parecía de poca educación hacerlo frente al hombre. Finalmente entendió que no le quedaba otra opción y preguntó “¿Este es el único puesto? ¿Dónde está la feria?”. Marcos miró sorprendido a Julia, que se arrepintió en el acto de su pregunta. El rostro del hombre se transformó en algo extraño que ninguno de los dos pudo interpretar. Se puso de pie, y con el mismo gesto que había usado para señalar los objetos, indicó lo que Julia y Marcos entendieron como “La feria está aquí mismo”. Ambos miraros a los costados, y detrás del puesto, esperando que apareciera la feria como por arte de magia, pero nada sucedió. Marcos miró al hombre, que había vuelto a sentarse, como pidiendo explicaciones, pero este ya no les prestaba atención.
Pegaron la vuelta y caminaron en silencio hacia el auto. Julia arrancó el motor y Marcos se puso el cinturón de seguridad. Entonces Julia echó por el espejo retrovisor un último vistazo del misterioso puesto, y su mandíbula inferior volvió a desplomarse. Cuando Marcos lo notó, y le preguntó una vez más qué ocurría, Julia giró el espejo en dirección a Marcos. En la pequeña superficie se reflejaban no uno sino decenas de puestos, carpas y vehículos. Ambos giraron la cabeza. El hombre no había mentido: allí estaba la Feria de los Mundos.
Ni Marcos ni Julia dijeron una palabra. Y sin embargo, aunque ninguno de los dos podía expresarlo, ambos pensaban lo mismo, así que no hubo necesidad de hablar. Descendieron del auto y, tomados de las manos, se acercaron lentamente al maravilloso espectáculo. Mientras caminaban, Julia trató de comparar la escena con las tantas que había formado en su cabeza cuando leía sus cuentos sobre ferias. Algo estaba mal, en los libros, cuando los personajes visitaban la feria, siempre era de noche. Entonces sucedió algo extraño en extremo. El sol comenzó a descender, y para el momento en que estaban parados justo frente a la feria, ya había anochecido. Las luces se encendieron, y la imagen fue exactamente como Julia esperaba que fuera. Más extraño aún fue que ni a Julia ni a Marcos le sorprendiera este hecho. Simplemente lo aceptaron como un indicador del comienzo de la magia: ya era demasiado tarde para volver atrás.

-5-

“¿Por donde empezamos?”Preguntó finalmente Marcos. “Hay tanto para ver”. Y era cierto: había tiendas que vendían comida de olores exóticos o prendas de vestir con estampados raros, había carpas que anunciaban las más extrañas atrocidades. “Vamos allá”. Indicó Julia, decidida, señalando una pequeña carpa. Era la tienda del Señor Eléctrico. Julia había leído sobre ese personaje, y cómo le había contado a un famoso escritor el futuro, y cómo, años más tarde, ese futuro se había cumplido al pie de la letra.
Entraron en la tienda, que era sorprendentemente más grande por dentro de lo que parecía desde afuera, y vieron a una decena de personas sentadas en sillas frente a un escenario. Los espectadores daban la sensación de no ser personas comunes -viajeros aburridos en busca de una historia más que contar sobre sus vacaciones. Todos, juzgando desde sus ropas hasta sus peinados, parecían ser participantes residentes del universo de la feria, como si asumieran eternamente su rol expectante en una escena que nunca acabaría.
Un hombre con una galera de lentejuelas rojas se acercó a Marcos y Julia. “Siéntense por acá”, les dijo “El show está a punto de empezar”. Segundos después el Señor Eléctrico fue anunciado. Entró en escena con una explosión, y durante su acto encendió diez lamparitas con los dedos, de los que emanaba un hilo de electricidad de color azul. Luego, todas las luces de la carpa estallaron, dejando todo a oscuras, y tras varios minutos de gritos e histeria colectiva del público, decenas de luces se encendieron y mostraron al Señor Eléctrico vestido con un traje de lamparitas, todas encendidas por el poder de su energía.
Marcos y Julia abandonaron la carpa, emocionados. Volvieron a pararse en medio de la feria, tratando de decidir qué hacer a continuación. Entonces Marcos tomó a Julia de las manos y la besó. Muchos minutos después, Julia interrumpió el beso y le preguntó a Marcos a qué se debía semejante impulsividad. “Tengo la sensación” dijo el, “de que podría pasar algo, no se que, algo raro. No me gustaría que sucediera sin antes haber podido darte un beso”. Julia sonrió, y volvió a besarlo.
Recorrieron varias tiendas y puestos, y las cosas se ponían cada vez más extrañas. “Me pregunto dónde estará la bendita Feria de los Mundos”, dijo Marcos, cansado de caminar en círculo. “Tal vez no exista” reflexionó Julia, “tal vez esto sea todo: una serie de atracciones extrañas, definitivamente maravillosas e inexplicables, pero no más que eso”. “Eso no tiene sentido. Para empezar, ya habían pasado cosas raras antes de que llegáramos. Después, la feria apareció de la nada, el Señor Eléctrico, la Dama que Flota, el Escritor Telepático. Todas esas cosas sin explicación, ¿y no va a existir la feria de la que hablaba Petropulos?”. Marcos se sentó en un banco de madera. “No se,” contestó Julia, sentándose a su lado. “Muchas de esas cosas tienen una explicación lógica. El Señor Eléctrico podría tener demasiada estática en su cuerpo. Es sabido que muchos gurus de la India logran levitar en altos estados de concentración, y la telepatía también es aceptada como una habilidad posible para algunas mentes superiores”.
A Marcos no lo conformaban estas explicaciones. “¿Y el tamaño de las carpas? ¿Notaste que por fuera todas parecen carpas de camping para cuatro personas, y al entrar son espacios enormes, con luces y sillas y escenarios? ¿Y la noche?”. Tiene razón, pensó Julia. ¿A quien trato de engañar? Es una feria mágica. De eso no cabe duda. “Entonces, en algún lugar por aquí tiene que haber una carpa que albergue la Feria de los Mundos”. “Ya recorrimos todo el lugar tres veces”, contestó Marcos, “no se me ocurre donde puede estar”.

martes, 22 de diciembre de 2009

La Feria de los Mundos, octava entrega

Julia estaba a punto de despedirse, cuando Marcos tomó una gran bocanada de aire y le preguntó, “¿Qué vas a hacer ahora?”. Julia lo miró, y tratando de ocultar el sobresalto respondió “Nada en particular”. “¿Te gustaría ir al cine?”, inquirió Marcos, sintiendo que sus mejillas se teñían de color carmín. Julia dijo que sí con la cabeza, sonriendo.
Les gustó descubrir que sus gustos cinematográficos eran similares, y pasaron dos horas y media viendo una película de fantasía medieval. Luego tomaron un café en un barcito cerca del cine, y comentaron animadamente sus partes preferidas del filme. Mientras esperaban que el mozo le trajera la cuenta, se quedaron mirándose en silencio, y una conversación vecina se filtró sin querer en sus oídos. “Y después pinchamos, y estuvimos media hora esperando a la grúa porque no tenía rueda de auxilio. Decí que mi mujer se entretuvo mirando chucherías en una feria. Los chicos se fueron mirar las atracciones y pude descansar un poco”. Julia y Marcos se miraron, y luego al hombre que había dicho las esas palabras. Julia miró a Marcos, como indicándole que hiciera algo al respecto. El chico tomó valor y se acercó a la mesa vecina. Al cabo de unos minutos de conversar con el señor, volvió a su mesa y le comentó a Julia lo que había averiguado. “La feria está a unos treinta kilómetros de acá. Se está acercando”. Julia se quedó pensando. “¿Te parece que vayamos a investigar?”. “No se”, contestó el. Permanecieron largo rato en silencio, y se retiraron mucho después de que el mozo viniera a cobrarles.
Julia llevó a Marcos a su casa (tampoco hablaron en el auto). Antes de bajarse, Marcos reflexionó: “Si vamos a ir, tenemos que decidirnos rápido, porque la feria se mueve. Te propongo que lo pensemos esta noche. Mañana te llamo apenas me despierte. Si nos decidimos, pedimos un imprevisto en la escuela y salimos a primera hora”. “Me parece bien”, contestó Julia tras pensarlo un momento, y agregó “Gracias por la salida”. Marcos se despidió con una amplia sonrisa.
Ninguno de los dos pudo dormir esa noche. Los pensamientos de Julia alternaban entre la feria, la decisión pendiente, y la salida con Marcos. Había tanto en su cabeza que no había podido disfrutar recordando la agradable cita. Pensó que le habría gustado darle un beso, pero ya habría tiempo para eso.
Cuando sonó el teléfono, Julia ya tenía su bolso armado. Había puesto un abrigo, unos sándwiches y un termo con jugo de naranja. Después de todo, no sabía si iban a encontrar una feria o un enorme descampado. No tuvo que dar demasiadas explicaciones en la escuela: no faltaba desde hacía meses. Marcos, en cambio, tuvo que justificarse ya que había perdido cuatro días ese mes. Lo solucionó diciendo que el médico quería hacerle un chequeo para comprobar que se había recuperado.
A poco más de media hora de haber salido, arribaron al lugar indicado por el señor del bar. Ambos descendieron del auto, y contemplaron con tristeza la extensa desolación del campo. Allí no había ninguna feria. “No puede ser”, dijo Marcos, confundido. “El señor dijo que había estado aquí ayer a la mañana. No pudieron mover todo tan rápido”. Julia lo miró a los ojos. “Si la feria puede hacer lo que sospechamos que hace, no veo por qué no podría moverse a fuerza de algún método sobrenatural”. Se sentaron en un sector donde había crecido el pasto, a desayunar sándwiches y jugo. Después de todo, habían perdido un día de trabajo, y no tenían demasiadas opciones en medio del campo.
Marcos le contó a Julia cosas sobre su infancia, y Julia pasó largo rato hablando de sus alumnos y la generalizada falta de imaginación de los niños modernos. Ambos habían crecido de forma tan diferente a los niños que asistían a la escuela donde trabajaban... infancias llenas de juegos, y secretos, y mundos imaginarios. Julia sentía mucha lástima por sus alumnos, que habían tenido la mala suerte de crecer en una ciudad de acero y piedra.
El sol brillaba sobre sus cabezas cuando Julia y Marcos decidieron emprender el viaje de regreso. Subieron al auto, echando una mirada melancólica al lugar donde habían creído que encontrarían la maravillosa Feria de los Mundos.
No habían avanzado ni dos kilómetros cuando, repentinamente y sin aviso, Julia pisó bruscamente el freno. Marcos, que casi se da la cabeza contra el parabrisas, preguntó alarmado qué sucedía, y Julia no pudo más que señalar con la boca abierta, algún punto en medio del descampado, a un lado de la ruta. Marcos siguió con la mirada la trayectoria que marcaba el dedo de Julia, y él también dejó caer su mandíbula inferior. Ni siquiera un auto, que los eludió tocando desaforadamente su bocina, logró que despertaran del asombro que eso les había provocado. Allí, en medio de la nada, había una pequeña tienda. La parte frontal estaba levantada formando un toldo, y bajo el toldo se encontraba una mesa plegadiza. Sobre la mesa brillaban cosas que los ojos de Marcos y Julia no llegaban a distinguir, y tras ella estaba sentado un señor con un turbante. Cuando pasó el segundo auto, el de Julia se tambaleó por un momento, y entonces no tuvieron mas remedio que salir del trance y moverse del camino. Julia estacionó a un lado de la ruta, y ambos caminaron lentamente hacia el solitario puesto.
Cuando estaban a cierta distancia, Marcos tomó la mano de Julia y le susurró a un oído “¿Te parece que avancemos más? Ese tipo tiene cara de psicópata”. “Precisamente,” replicó Julia en voz baja, “Debe ser de la feria. ¿Te das cuenta? ¡La encontramos!”. Finalmente estaban cara a cara con el hombre del turbante, que los miraba fijamente con rostro inexpresivo. “Buenos días”, se le ocurrió decir a Julia. El hombre no respondió. “¿Que es lo que vende?” intentó Marcos. El hombre se remitió a señalar con la mano abierta los objetos sobre la mesa. Ninguno de los dos entendía bien qué eran exactamente. En su mayoría, había cosas de vidrio o de metal, objetos brillantes -tal vez adornos- de formas raras, con pequeñas partes que giraban o se movían con el viento. Algunos emitían sonidos agradables y suaves como los de los llamadores de las puertas.

lunes, 14 de diciembre de 2009

La Feria 7

Durante los cuatro días en los que Marcos no se presentó a trabajar, Julia no hizo otra cosa que pensar en lo que le había dicho Brian IV. ¿Y si la madre de Brian descubrió la feria, y se embarcó a descubrir otros mundos posibles? La historia le sonaba descabellada, pero le había dado tantas vueltas en su cabeza que ya nada parecía extraño.
Lo único que interrumpió las meditaciones de Julia fue una invitación de Tatiana a cenar. Había invitado a un grupo de amigos a su casa, y deseaba contar con la presencia de su amiga. Julia aceptó contra su voluntad, tras la insistencia de Tatiana. Esa noche se puso un vestido sencillo y se presentó en casa de su amiga poco después de las nueve. La cena le resultó tediosa (la mayoría de los invitados eran jóvenes emprendedores y secretarias con minifalda), y Julia maldijo el momento en que se dejó convencer de asistir.
Durante el café, uno de los jóvenes comenzó un monólogo de media hora, en el que hablaba sobre sus aspiraciones en la vida. “...y cuando finalmente logre el ascenso, nada se interpondrá en mi camino”. Julia, cansada de bostezar, decidió interrumpirlo. “¿No te parece un poco aburrido saber como va a ser tu vida desde ahora hasta que te mueras?” El joven reparó en Julia, y con soberbia, contestó “No, porque mi vida no podría ser mejor que esto. Creo que he tenido la suerte de venir a parar a mi mejor vida posible. Soy joven, apuesto, talentoso...”. Julia no escuchó el resto de la respuesta. Su cabeza volvió a la feria, al Sr. Petropulos, a la madre de Brian. Casi estaba segura de que su teoría era cierta. Lo sentía en lo profundo de su ser. No podía aguantar sus deseos de ver a Marcos, y expresar lo que pensaba al respecto.


-4-

Cuando Julia volvió a bajar al sótano y encontró a Marcos nuevamente en su puesto, no pudo contener su alegría y lo abrazó con fuerza. El joven sonrió, mostrando que el también estaba contento de verla, pero su rostro se volvió completamente rojo. Julia se sentó, y durante veinte minutos explicó detenidamente todo lo que había elaborado en su cabeza. Cuando finalizó, Marcos estaba pensativo. Guardaron silencio durante unos minutos, hasta que finalmente él habló. “Bueno, lo cierto es que, pensándolo fríamente, todo lo que decís es una completa estupidez” Julia frunció el ceño. “Sin embargo,” prosiguió Marcos, “habiendo visto el folleto, y leído el cuaderno de Petropulos, no puedo no creer que... tal vez... en una de esas... sí existe una Feria de los Mundos, y probablemente allí pasen cosas que nuestras mentes no están preparadas para procesar”. Julia suspiró aliviada. Si se estaba volviendo loca, al menos alguien la acompañaría al psiquiátrico. “Ahora bien”, continuó elaborando el joven, “si la feria existe, es probable que no esté siempre en el mismo lugar. Las ferias son nómades por naturaleza. Y eso que dice Petropulos, la feria siempre está en el lugar menos esperado...”. “Aparece”, interrumpió Julia, “la feria siempre aparece, dice el bibliotecario, como si apareciera de la nada. Y Brian lo dijo, cuando volvieron a pasar, ya no estaba. Eso mismo me pasó con el folleto. Ese negocio donde lo encontré, juraría que no estaba ahí antes. Y el mismo folleto... era el único que había en el exhibidor. Tal vez no hay que buscar la feria, sino esperar que la feria lo busque a uno...”. Se despidieron con ese pensamiento.
En los días sucesivos, Julia emprendió sus tareas rutinarias pensando en qué pasaría si pudiera elegir otra realidad. Cada vez que los niños gritaban, o se rehusaban a prestar atención, Julia imaginaba en su mente que los niños desaparecían, que estaba en otro lugar, o tal vez en otra clase, con otros alumnos que sentían deseos de usar su imaginación, de crear, de ser niños.
Dejó de reunirse con las demás maestras a tomar el té. Últimamente su mente vagaba demasiado, y las maestras empezaban a cuchichear a sus espaldas. Volvió a dejarse el pelo suelto, a usar prendas de colores brillantes. Día a día, la sola idea de la Feria de los Mundos le devolvía a Julia, al menos en su imaginación, las ganas de vivir.
A Marcos también se lo veía más animado. Cuando pasaba a saludarlo en sus ratos libres, siempre estaba tarareando una canción, o silbando. Ya poco se parecía al joven callado y tranquilo que había conocido. Una tarde, hasta se animó a invitarla a salir.

sábado, 28 de noviembre de 2009

La Feria VI

Mi búsqueda del mejor mundo posible está plagada de complicaciones. La feria de los mundos es un lugar muy peligroso. Hay tentaciones a cada paso, y todos se confabulan para que uno no encuentre su mejor mundo posible. En uno de los mundos me enamoré de una muchacha, pero en el otro ella no me conocía. Era camarera en un bar, y me ignoraba por completo.

Julia miró sin entender, e hizo un gesto a Marcos de que pasara la página, pero una voz gruesa y resonante los interrumpió. “Tengo órdenes de cerrar la puerta de entrada. ¿Piensan quedarse acá mucho tiempo más?”. Era un portero de la escuela, con cara de pocos amigos. Julia y Marcos tomaron sus cosas (Julia guardó el cuaderno en su cartera), y se retiraron.
Mientras caminaban hasta el auto de Julia, Marcos arrastrando su bicicleta, se preguntaban de qué estaría hablando el bibliotecario en su diario. “El mejor de los mundos posibles”, repitió Julia, “habla como si hubiera estado en distintos lugares, como si hubiese visitado otras dimensiones”. “El resto del diario es muy similar. Cuenta lo que hizo en distintos ‘mundos’: la gente que conoció, los trabajos que tenía. Llevatelo a casa y leelo. Después me contás que te parece”. Julia estuvo a punto de darle a Marcos un beso en la mejilla, pero el muchacho levantó una mano a manera de “chau” y se alejó en su bicicleta.

-3-

Julia pasó varias horas de la noche leyendo las anotaciones del Sr. Petropulos, el antiguo bibliotecario. Tal como lo había anticipado Marcos, las anotaciones no tenían relación entre sí; cada una comentaba algo sobre un lugar, sobre personas que el Sr. Petropulos había conocido en ese lugar, cosas que había hecho. En ningún lugar explicaba cómo había llegado allí, o qué relación tenía eso con la Feria de los Mundos. El único dato que figuraba en relación a la feria era una frase respecto a su ubicación: la feria siempre aparece en el lugar menos esperado.
Naturalmente, a la mañana siguiente Julia se quedó dormida. Llegó a la escuela cuando los niños ya habían terminado de izar la bandera, y gracias a una carrera contra el tiempo logró alcanzar la puerta del salón antes de que los niños subieran.
Al comenzar la clase, una de las Dianas (Julia ya no recordaba que número tenía) levantó la mano. “Señorita, ¿corrigió nuestras composiciones?”. Julia, que estaba escribiendo la fecha en el pizarrón, se petrificó. Con todo el ajetreo de la Feria, había olvidado corregir la tarea. En seguida se le ocurrió una idea. “No, he decidido que vamos a leer las composiciones en voz alta, y toda la clase podrá dar su opinión sobre las historias. Pondremos una nota entre todos”. Obviamente, los niños pensaron que esa era una pésima idea, pero Julia era la maestra y no les quedó otra opción. Uno a uno, los niños desfilaron por el frente del salón con sus composiciones. Cada una era más horrorosa, poco imaginativa y estructurada que la anterior. Julia estaba a punto de quedarse dormida, cuando algo que escuchó la despabiló en el acto. Era Brian IV. Leía una narración sobre sus últimas vacaciones con su familia. Julia le pidió que repitiera el último párrafo. “Paramos a desayunar en un parador de la ruta. Mi mamá compró un recuerdo en un puesto raro que a mi hermanita le dio miedo. Era una vasija que decía Feria de los Mundos. Después se rompió y menos mal porque era muy fea”.
Al terminar la clase, Julia llamó aparte a Brian IV. “Brian, esa feria, ese puesto donde tu mamá compró esa vasija, ¿dónde estaba?”. El chico elevó la mirada, haciendo memoria. “Hm, me parece que estaba cerca de un pueblito, pero cuando volvimos a pasar a la vuelta ya no estaba más”. Julia dudó (temía que si el niño le preguntaba a su madre por la feria, volvería a tener la horda de padres bloqueando el salón), pero finalmente se animó. “Decime, Brian, ¿tu mamá no se acordará dónde quedaba ese lugar? Es importante”. Nunca se habría preparado para la respuesta. “Señorita, mi mamá nos abandonó después de ese viaje. No se dónde está”. Julia no sabía cómo reaccionar. Le puso a Brian IV una mano en el hombro. “No sabía, perdoname por preguntar”.
Cuando bajó a la biblioteca, Julia se sorprendió al no encontrar a Marcos. En su lugar estaba una señora con anteojos y cara de bibliotecaria. Preguntó por Marcos, y la señora le dijo poco amablemente que el joven estaba enfermo. Julia se apresuró a hablar con la secretaria, que le informó que Marcos había llamado para avisar que faltaría por un resfriado. Casi sin pensarlo, Julia le pidió a la secretaria la dirección de Marcos. La señora elevó una ceja, observó a Julia de arriba abajo y preguntó “¿Y para que quiere usted su dirección?”. “Soy su amiga, quisiera visitarlo y ver como anda”, se apresuró a contestar Julia. Pero a la señora le pareció extraño que, siendo amiga de Marcos, Julia no supiera dónde vivía, y se negó a darle la información que pedía.

viernes, 20 de noviembre de 2009

La Feria VI

Mientras el anciano colocaba ordenadamente el dinero en la caja registradora, Julia posó su atención en un exhibidor a un lado de la caja. La mayoría de los objetos expuestos eran postales con viejas fotos de la ciudad. Pero lo que verdaderamente llamó la atención de Julia fue un folleto de color verde envuelto en plástico. En su portada había sólo una línea de texto, que parecía estar escrita a máquina: La Feria de los Mundos. Julia no podía creerlo. Lo tomó apresuradamente y, sin siquiera abrirlo, lo puso en el mostrador. “Llevo esto también”. El viejito se acomodó los lentes, miró el folleto, y luego posó una mirada seria y profunda sobre Julia. Le entregó la birome y el vuelto. “El folleto es gratis. Dudo que tenga algún valor hoy en día”. Julia agradeció al anciano, aunque no pudo evitar sentir que había algo extraño en ese lugar, y se apresuró hacia la escuela.
Durante toda la mañana Julia buscó un momento libre para investigar el folleto, que le quemaba en el fondo del bolso, pero le fue imposible. Los alumnos no le dieron respiro, y durante el recreo se vio obligada a tomar el té con el resto de las maestras, que le hacían señas desde el fondo de la cantina. Cuando finalmente terminó la clase, pensó que sería buena idea ir a comentarle a Marcos su hallazgo. Después de todo, tal vez a él se le habría ocurrido buscar el folleto en la biblioteca.
Esta vez, el lugar se veía bastante más ordenado, aunque seguía habiendo capas de polvo por todas partes. Marcos la vio llegar, pero no sonrió. Hizo un gesto con la cabeza y continuó limpiando la portada de una enciclopedia con un paño. En un principio, Julia no entendió la actitud de Marcos. Ya casi había olvidado que en su intento de cambiar de vida lo había ignorado cruelmente frente a todo el mundo. Trató de suavizar las cosas. “Hola. ¿Cómo anda todo? Se nota que estuviste trabajando mucho en esto, se ve mucho mejor”. Marcos dijo un “gracias” sin emoción, y continuó en su tarea. Julia se acercó a él, y como quien no quiere la cosa sacó el folleto de su bolso. “Mirá, lo encontré en una librería”. Marcos levantó la mirada con desgano. Al ver el folleto, dejó la enciclopedia y el trapo en el acto, y se lo arrebató a Julia de las manos.
Se sentó en la mesita e hizo un gesto a Julia de que se sentara a su lado. Luego cortó el plástico protector, abrió el folleto con cuidado y leyó en voz alta: La Feria de los Mundos, el lugar donde existen todos los mundos posibles. Miró a Julia, emocionado. “Es increíble que hayas encontrado esto. Es muy viejo. Cuando me preguntaste por él la otra vez pensé que nunca iba a aparecer. Pero después me puse a investigar. En el cuaderno del bibliotecario de esa época había datos sobre esa feria. Iba a contarte pero...”. Julia se ruborizó, avergonzada. Trató de distraer a Marcos de su desplante. “¿Qué decía el cuaderno sobre la feria?”. “Ya no importa, tenemos el folleto”. Marcos quiso pasar la página, en busca de alguna ilustración que mostrara la feria y sus atracciones. Para su sorpresa, la hoja se desintegró en cientos de pedazos. El folleto era tan viejo que comenzó a descomponerse al tacto, hasta que sólo había una montaña de trozos de papel amarronado. Julia y Marcos observaron la autodestrucción del objeto sin poder hacer nada. Marcos no pudo evitar sentirse responsable, y la miro apenado. “No te preocupes”, trató de consolarlo Julia, “me habría pasado a mi también. No es la primera vez que veo un libro desintegrarse así. Las hojas de pudren con el tiempo”.
Entonces, el rostro de Marcos se iluminó. “¡El cuaderno! Ahora si importa el contenido”. Abrió un cajón de su escritorio y sacó un cuaderno de tapa verde. Lo llevó hasta la mesa y comenzó a leer en voz alta.

viernes, 6 de noviembre de 2009

que vamos? V creo

Ya casi ni pensaba en Marcos, y no había vuelto a pensar en su hallazgo el día de la visita a la biblioteca. Sentía que si las cosas seguían como hasta ahora, ella iba a cambiar para convertirse en una de esas chicas como su amiga Tatiana, a quienes nada les interesaban los libros, las historias y la fantasía. Tal vez eso era lo que correspondía hacer: buscar a un joven emprendedor con quien pudiera formar una familia.
Casi había empezado a convencerse de que cambiaría su actitud. Comenzó a vestirse diferente, más formal; se peinaba el cabello en un rodete y empezó a investigar planes de pago para cambiar su autito por uno más lujoso. Las demás maestras comenzaron a tenerla en cuenta, y la dejaban participar de sus conversaciones. En una ocasión, Julia estaba tomando un café en la cantina de la escuela con varias de sus colegas cuando pasó Marcos, con una pila de libros polvorientos. Le sonrió, pero Julia, que no quería causar una mala impresión, ignoró el saludo y simuló no conocerlo. Esa noche le costó dormirse, pensando en Marcos, y preguntándose si ese cambio en su vida la hacía sentirse verdaderamente bien.
A la mañana siguiente, Julia se despertó con el recuerdo de un sueño. Había soñado que entraba en la Feria de los Mundos, pero no puedo recordar qué había allí. La sensación era rara, como la que le provocaban a los personajes de los cuentos las fantasmagóricas ferias llenas de seres extraños y criaturas deformes. Julia trató de no pensar más en eso, y se vistió para ir a trabajar. Mientras manejaba, recordó que debía comprar un nuevo cuaderno. El que usaba para anotar comentarios sobre el trabajo de sus alumnos ya estaba lleno, a causa de las tantas visitas a la dirección que había tenido que registrar últimamente.
La librería donde siempre compraba sus útiles aún estaba cerrada. Julia trató de recordar algún otro local que estuviera de paso, pero estaba convencida de que esa era la única librería que había camino a la escuela. Paró en un semáforo en rojo, y entonces lo vio. Era un pequeño local de aspecto anticuado, y en la vitrina de su casi despojada vidriera se leían las palabras “artículos escolares” parcialmente despintadas. Julia estacionó cerca del negocio.
Al abrir la puerta sonó una campana, y en el acto apareció un anciano señor que le preguntó amablemente a Julia qué necesitaba. “No recuerdo haber visto este local”, pensó Julia en voz alta. “Hace muchos años que estamos acá”, dijo el anciano, “sólo que la gente sólo tiene ojos para lo moderno, los edificios lujosos y las tiendas tamaño dinosaurio. Es normal que un local como el nuestro pase desapercibido”. Julia asintió, y comenzó a buscar un cuaderno apropiado. La mayoría de la mercadería que vendía el anciano estaba amarillenta o sucia de polvo, pero a Julia le dio pena irse sin comprar nada. Decidió que se llevaría una birome, y esperaría hasta la tarde por el cuaderno.

viernes, 30 de octubre de 2009

La Feria de los Mundos IV

En la página cuarenta y ocho, el bibliotecario había dibujado la tapa de una revista “La Feria de los Mundos”. No había ninguna ilustración en la tapa, y las palabras ocupaban sólo una pequeña porción. En la página cuarenta y nueve, Julia leyó lo siguiente:

La Feria de los Mundos
Folleto ilustrado con información sobre la ubicación actual de la feria y sus atracciones.
Nota: No confundir con “La Feria de las Naciones”. La feria de los mundos es sólo para un público selecto.

Julia se preguntó si la feria de la que hablaba el folleto habría existido realmente, si habría venido a su ciudad en tiempos en los que aún no existían los edificios. Si el libro de registros tenía cuarenta años de antigüedad, era probable que la feria hubiese visitado la ciudad en esa época. Buscó a Marcos con la intención de preguntarle al respecto, y por un momento se quedó mirándolo en silencio. Finalmente él advirtió su presencia y, sonriéndole, le preguntó qué necesitaba. “¿Sabés algo sobre esto? ¿Podrá ser que el folleto original esté por aquí en algún lado?”. Marcos miró la página cuarenta y ocho, y luego leyó la cuarenta y nueve. Mientras lo hacía, Julia se arrepintió de preguntarle, y pensó que al él le parecería extraño que ella se interesara por semejante cosa, y pensaría que era una loca sin remedio. Sin embargo, Marcos levantó la mirada y sonrió. “No, lo siento. No creo que ese folleto siga acá. De todas formas, si llego a encontrarlo te aviso en seguida”,

-2-

Julia no volvió a la biblioteca por un tiempo, pero sí volvió a tener clases con sus alumnos. Todo cambió para peor: los niños se tornaban agresivos y todos los días tenía que mandar a alguno a dirección por insultar a un compañero o decir palabras inadecuadas. A Julia se le hacía cada vez más difícil aguantar las horas de clase. Todas las mañanas se peleaba con los conductores de los lujosos autos, que parecían transatlánticos al lado del suyo. Todas las mañanas subía la escalera, y a medida que se acercaba al segundo piso su angustia iba intensificándose.

viernes, 23 de octubre de 2009

La Feria de los Mundos III

Había un chico, un tanto menor que ella, que le daba a Julia la impresión de cubrir sus expectativas. Eran un muchacho callado y tranquilo, de hermosos y apacibles ojos color verde hierba, y trabajaba en la biblioteca de la escuela. Julia solía frecuentar la biblioteca, en busca de alguna nueva historia para sus alumnos, pero desde que abandonara su costumbre de leerles a los niños, no había tenido excusas para visitar a su joven bibliotecario.
Un jueves, al llegar a la escuela, le informaron que los niños habían ido a un torneo intercolegial de voley, y Julia pensó que sería buena idea pasar el tiempo libre en el sótano, donde funcionaba la biblioteca. Bajó las oscuras escaleras con un poco de ansiedad, preguntándose si su cabello se veía bien, o si había recordado pintarse los labios. No tardó en encontrarlo, sumergido bajo una pila de revistas sobre educación. “Hola”, le dijo, y el joven pego un salto, desparramando las revistas por todos lados. “Hola. Me sobresaltaste. Estaba haciendo el inventario.” Julia sonrió. “Perdón. ¿Querés que te ayude? Tengo la mañana libre pero tengo que cumplir horario”. Julia rogó que le dijera que sí, así podrían pasar juntos varias horas y conocerse mejor. “No, gracias, es un lío, hay polvo por todas partes. Pero por ahí yo puedo ayudarte a vos. ¿Qué buscabas?”. Julia no había pensado en eso de antemano. Improvisó. “Algún libro sobre ferias, aunque dudo que haya alguno acá”. El chico levantó las revistas desparramadas y luego subió una escalera de esas que se apoyan sobre los estantes. Se deslizó unos centímetros y tomó un grueso volumen de color verde. “¿No me digas que ese libraco habla sobre las ferias?”. “No, pero es un registro de todo el material que había acá hasta hace cuarenta años. Ahí podes buscar algo que te interese”. Julia tomó el libro con esfuerzo, ya que era algo pesado. “¿Hace cuarenta años que no hacen el inventario?”. “No, es que los registros posteriores se estropearon por alguna razón, y ese es el único que queda, hasta que yo termine mi trabajo. Te advierto que muchas de las cosas que figuran allí pueden ya no estar, y puede que haya libros en la biblioteca que no figuren ahí.”
Julia agradeció al joven y se sentó en una mesita con el libro de registro. Era tan gordo porque el viejo bibliotecario había dibujado las tapas de los libros, y escrito a continuación una breve reseña de cada ejemplar que conformaba la biblioteca. También se había tomado el trabajo de crear un índice de títulos, y uno con palabras clave que dirigían al lector a los distintos libros sobre cada tema. Julia buscó en ese índice la palabra “feria”. Para su sorpresa, la encontró, junto con un número de página.
Tal vez por la emoción de encontrar lo que buscaba, cuando levantó la mirada y vio al joven ordenando las revistas, le preguntó su nombre. “Marcos”, dijo Marcos, que ahora tenía nombre. Julia no pudo decir más que “Ah”, y se avocó a buscar la página indicada.

martes, 20 de octubre de 2009

La feria de los mundos II

Así fue como, sin darse cuenta, Julia dedicó el resto de la clase a leer su cuento sobre las ferias. Cuando terminó, estaba tan emocionada que casi había olvidado que estaba en un salón de clase rodeada de niños. Levantó la mirada del libro, ansiosa por descubrir la impresión que el cuento había causado en sus alumnos. Para su enorme sorpresa, la totalidad de los niños se habían quedado dormidos. No lo entiendo, pensó Julia, todo el mundo ama las ferias.
Al día siguiente, Julia llegó a la enorme escuela resignada a posponer por unos días la lectura de cuentos, debido al fracaso que había resultado el último. Subió las escaleras, y al llegar a la puerta del salón la esperaba una horda de padres enfurecidos que la rodearon en el acto. “¡Estamos indignados!”, exclamó un señor con un grueso bigote. “¡Es una barbaridad!”, gritó una señora gorda con un vestido floreado y un horrible sombrero. Tras varios segundos de protesta, Julia logró que hicieran silencio. “¿Alguno de ustedes podría explicarme qué sucede?”. Un señor flaco y alto, de cabello color zanahoria, se hizo paso ante el grupo de padres y explicó: “Ayer, usted hizo que todos nuestros niños se durmieran. No mandamos a nuestros hijos a la escuela para que duerman; eso lo hacen por la noche. Los traemos para que llenen sus cabezas de datos y procedimientos útiles”. Julia trató de defenderse. “Lo único que hice fue leerles un cuento. Siempre empezamos la clase de la misma manera”. La señora del vestido floreado puso cara de indignación, y el señor del cabello naranja manifestó lo que todos pensaban. “A partir de ahora, señorita Rowan, remítase a hacer aquello por lo que le pagan. Y no vuelva a intentar distraer a nuestros hijos con fantasías inútiles”. Todos los padres se retiraron, y Julia ingresó al salón, donde los niños ya estaban sentados, algunos desplegando sonrisas de triunfo.
Durante varias semanas, Julia dio clases aburridísimas, leyó cuentos con moralejas que enaltecían los valores morales y, al parecer, mantuvo contentos a todos los padres: ninguno volvió a visitarla desde aquel día. Los niños escuchaban los cuentos, analizaban oraciones, clasificaban adjetivos. Y Julia se aburría. Así fue como el viaje diario al enorme edificio se volvió rutina, y cada mañana Julia se levantaba con menos ganas de ir a trabajar.
“Los chicos no se emocionan con nada”, le decía a su amiga Tatiana mientras almorzaban un sábado. “No se cómo no se mueren de aburrimiento. No les gustan los cuentos, hasta dudo que les interesen los dibujos animados. Si les pido que imaginen algo me miran como si hubiese dicho una mala palabra”. Pero Tatiana, que era una de esas secretarias con minifalda que dirigen a la gente de una oficina a otra, también creía, en el fondo, que imaginar era una mala palabra. Y aunque jamás fuera a decírselo, consideraba que Julia era un poco infantil y que debía dedicarse a cosas menos fantasiosas y más a punto con la realidad.
Desde hacía un tiempo, Tatiana había intentado que Julia se enamorara de alguno de sus amigos: jóvenes emprendedores y apuestos que llevaban a cabo eficientemente sus tareas de oficina. De vez en cuando, hasta lograba convencerla de que saliera a tomar un café con alguno después del trabajo. Pero a Julia, los jóvenes emprendedores la aburrían terriblemente. No hablaban más que de sus logros empresariales, de sus aspiraciones laborales o de sus posesiones materiales. Julia quería conocer a un joven no tan emprendedor, no tan apuesto, que agregara a su vida un poco de lo que los niños comenzaban a quitarle cada mañana.

lunes, 5 de octubre de 2009

LA FERIA DE LOS MUNDOS 01

I. Todo el mundo ama las ferias
-1-

Una feria es un mundo que deambula. Su llegada a un nuevo destino difícilmente pase desapercibida. Grandes tiendas se despliegan a lo largo de algún descampado que, salvo por la ocasional visita de algún circo o un parque de diversiones, no es sino un gran baldío en las afueras de una gran ciudad. Durante la estadía de la feria, el descampado se cubre de luces, músicas extrañas y centenares de objetos sin dueño que esperan por uno, o que simplemente están allí, como parte de ese fantasmagórico escenario.
Julia nunca había estado en una feria, pero había leído infinidad de historias en las que algún niño curioso se perdía en sus encantos para nunca regresar. Tampoco se le había ocurrido visitar una: en la ciudad en donde vivía sólo había edificios, ningún descampado. Los baldíos no pasaban demasiado tiempo sin que algún agente de bienes raíces los descubriera, y en seguida alzara sus manos cual director de cine, para comenzar a proyectar una nueva propiedad horizontal. Después de todo, los edificios eran necesarios. Todo lo que la gente hacía en la gran ciudad requería de alguna oficina, donde alguna bella secretaria se sentara con su minifalda a atender algún teléfono, e indicarle a la gente cuándo podía pasar a hacer quién sabe qué trámite.
El edificio en el que trabajaba Julia era uno enorme e imponente, pero en él no había oficinas sino aulas. Decenas de ellas se desplegaban a lo largo de las dos plantas, que ocupaban una manzana entera. Todas las mañanas, las enormes aulas se llenaban de niños, que ocupaban centenares de bancos y desplegaban sobre ellos cientos de carpetas, biromes y lápices.
Julia enseñaba lengua y literatura en el cuarto grado, y como amaba los cuentos, siempre empezaba su clase leyendo un capítulo de alguna de sus historias preferidas. Una mañana en particular, comenzó a leer uno de esos cuentos sobre niños perdidos en ferias. No había llegado a la quinta línea, cuando una pregunta inesperada la hizo detener su lectura. “Señorita, ¿qué es una feria?”. Julia levantó los ojos del libro. La pregunta había sido formulada por Brian II (En el curso de Julia había cinco Brians, tres Azucenas y ocho Dianas). “¿Alguien puede explicarle a Brian qué es una feria?”, preguntó Julia, asumiendo que varias manos se levantarían en el acto. Los niños pestañeaban con ojos ausentes, y ninguna mano se elevó. “¿Nadie sabe lo que es una feria?” Era evidente que nadie sabía. “Una feria”, comenzó Julia, “es un lugar como un circo, pero sin carpa, donde la gente va y...”. Lo cierto es que Julia tampoco sabía como describirlas, siendo que ella nunca había visto una. “La gente va y... hay muchos puestos con cosas para ver... cosas extrañas, gente con habilidades especiales”. “Ah”, dijo una de las Azucenas, creyendo que empezaba a comprender, “hay chicos que realizan operaciones matemáticas complicadas”. “No, no. No esa clase de habilidades. Hagamos una cosa. Cuando escuchen más de la historia van a entender de qué se trata. Sigamos leyendo”.

miércoles, 29 de julio de 2009

Cita del Diario

NOta: Hoy leyendo en Rosario3 una nota sobre un accidente, me encontre con estas líneas que claramente muestran que el señor periodista se halla atrapado en una profesión que, si bien se acerca, no es la de sus sueños.
"Un accidente de tránsito irrumpe sin aviso. Rasga el pequeño universo cotidiano, quiebra cualquier lógica de entendimiento y provoca un desvío en el curso que parecía tener asignada la existencia. Las ideas de futuro, los sueños, el plan para seguir viviendo y los proyectos quedan suspendidos en un limbo que es el antes y el después del accidente. "

Aunque no es mio me parecio interesante postearlo. Es un lindo párrafo, salvo por el triste detalle de que no es ficción.

domingo, 19 de julio de 2009

Maña y Fuerza

Eusebio sale de su casa, y compra cigarrillos en el quiosco de la esquina. Mientras espera en la parada del colectivo, decide encender uno. Da una pitada e instantáneamente hace una mueca de dolor, mientras se lleva la mano a la parte inferior derecha de la quijada.
Mientras viaja en colectivo, cómodamente sentado y mirando por la ventanilla, nota por primera vez que un enorme porcentaje de los afiches y carteles publicitarios que decoran las calles incitan al transeúnte a comprar pastas dentífricas.
En el camino advierte que no ha desayunado, y su estómago se contorsiona y emite sonidos para asegurarse de que Eusebio no lo olvide. Toma un caramelo de menta del bolsillo de su saco. Segundos después, vuelve a tomarse la quijada con la mano, al tiempo que su rostro se transfigura por el dolor.
Eusebio desciende. A un lado de la parada del colectivo, un ciego vende cepillos de dientes. Eusebio maldice con toda su expresión y continúa su camino. Siete cuadras más tarde, finalmente arriba a su destino. Varias personas hacen cola al pie del ascensor. Su quijada le ruega que no ocupe el último lugar en la cola, y Eusebio decide tomar las escaleras. Doce pisos después, y bañado en sudor, Eusebio hace el intento de entrar al consultorio. La puerta no cede, y al retroceder, puede repara en un cartel que esta pegado en el vidrio con cinta adhesiva. “Cerrado por duelo”. Eusebio maldice, inventando maldiciones inéditas e irreproducibles, mientras camina hacia las malditas escaleras, esperando que el descenso sea menos cansador.
Mientras desciende, nota que una pareja se acerca escaleras arriba. La mujer es hermosa, y el aparente novio ostenta un par de brazos que claramente ha procurado tras varios años de gimnasio. Con algo de temor, pero muy determinado, Eusebio toma a la chica de la cintura y la besa apasionadamente. El joven musculoso, evidentemente sorprendido y nada conforme con la situación, le propicia a Eusebio una tremendísima golpiza en el medio del rostro. La chica emite un suave gritito, y mira a Eusebio algo apenada. Pero éste se sacude, besa al novio en ambas mejillas, y ante la perplejísima mirada de la joven pareja se retira canturreando, con la muela en la mano.

jueves, 2 de julio de 2009

Correspondencia

Tres. La profesora redondeo con birome roja el número que acababa de escribir en la prueba de Pablo. Tomó tres hojas de papel de su carpeta. En la primera redactó lo siguiente, con letra redonda y estilizada:

“Sres. Padres:
Por la presente les informo que la calificación obtenida por su hijo en la evaluación correspondiente al primer trimestre del presente ciclo no ha sido satisfactoria. Les sugiero mayor acompañamiento para su hijo, que indudablemente presenta muchísimo potencial. Con esfuerzo y trabajo, y con el invaluable apoyo de su familia, podrá progresar y concluir el ciclo de manera exitosa.
Atte.
La Profesora”

En la segunda hoja, escribió la siguiente nota con birome negra y suma prolijidad:

Informe Socio-Educativo para el alumno Pérez Pablo

El alumno no ha alcanzado satisfactoriamente las expectativas de logro planteadas para el primer trimestre. Su actitud frente a la asignatura es positiva. Muestra predisposición para el trabajo áulico y presenta tareas y trabajos prácticos en tiempo y forma. Sin embargo, su producción académica no llega a alcanzar los estándares requeridos.

Tomó la tercera hoja, en la que garabateó las siguientes palabras:

“Pablito:
Has mejorado mucho, pero aún debes esforzarte más si quieres tener mejores notas. No charles tanto con Pedrito, deja de mandarte notitas a escondidas con Laurita, y verás como tus calificaciones mejorarán.
La profe”

Al día siguiente, la profesora recibió tres notas de manos del preceptor. La primera, que ostentaba la imponente y ribeteada firma de la directora sobre el sello de la escuela, decía lo siguiente:

“El informe socio-educativo correspondiente al alumno Pérez Pablo debía ser presentado en formato de cuadro, como fue establecido en la última plenaria, a la que usted no asistió. Por favor vuelva a redactarlo y entréguelo, impreso en computadora como corresponde, antes del cierre de la semana”

La segunda nota estaba escrita en lápiz en una hoja de carpeta, y contenía lo que se detalla a continuación:

“Seniorita: mi ijo pablito es el mayor asi que tiene que salir a trabajar porque yo tengo cinco hijos mas que son chiquitos y no tenemos para comer. Asi que disculpe usted si no saco nota buena en la prueva. La prosima ves le doy con el cinto y le prometo que saca un seis.
P.d: Usted disculpe pero no se yo que es el atte. Le pregunte al Pablito pero tampoco sabe”

La tercera nota, dentro de un sobre improvisado con una hoja de carpeta y cinta adhesiva, escrita en un trozo de hoja recortada a mano por el mismo Pablo Pérez, leía:

“Y bueno, por lo menos yo no me copié, como Juan y Alejo que eran re alevosos con el machete. Con Pedrito charlaba de cómo hacer para que no nos fajen a la salida porque ahora dicen que el celular de Romina lo afane yo, que ni ahí! Y con Laurita me voy a seguir mandando notitas hasta que se sepa si esta embarazada o no. Porque si si, estoy al horno.
PD: no me vaya a botonear”