Ya estaban por darse por vencidos, cuando Julia recordó la conversación que habían tenido al respecto, y las palabras del librero Petropulos. “La Feria aparece en el lugar menos esperado. Tal vez no se refería a toda la feria, sino al sector donde está la Feria de los Mundos”. “¡Tenés razón!” exclamó Marcos, poniéndose de pie. “Pensemos: ¿cuál sería, dentro de esta feria, el lugar menos indicado para encontrar lo que buscamos?”. En ese momento Julia notó que su estómago hacía ruido, y recordó que no habían comido nada desde el improvisado desayuno en el descampado. “Todavía no visitamos ninguno de los puestos de comida”. Marcos asintió, y se quedó pensando. “¿Podrá ser que...?”.
Julia nunca había sido amante de los sabores exóticos, por lo que guió a Marcos hacia el puesto del cual emanaba el aroma menos picante. Quién lo atendía era un hombre bajo, de unos cincuenta años, cuyo rostro se le hacía a Julia muy familiar. “Me recuerda a alguien”, le comentó a Marcos por lo bajo, “pero no puedo darme cuenta a quién”. Pidieron lo que parecían dos hamburguesas, aunque el sabor no se asemejaba completamente al de las que vendían los puestos comunes. Mientras comían, de pie frente al puesto (no había ningún lugar donde sentarse), a Marcos se le ocurrió preguntar de qué estaban hechas. El hombre lo miró seria y profundamente, y dijo “Lo más interesante es no saber”. Marcos casi escupe el bocado que estaba masticando, imaginando quién sabe qué cosa. Julia, en cambio, examinó el rostro del hombre durante un instante, y exclamó “¡Ya sé de donde lo conozco! ¡Es la misma cara, los mismos gestos del señor de la librería! Sólo que bastante más joven”. El hombre miró a Julia detenidamente, y luego sonrió. “Es cierto. El señor que conociste es mi padre. Bienvenida a la Feria de los Mundos”.
Marcos dejó caer la hamburguesa (que de todas formas no pensaba terminar de comer) y ambos se miraron. “Lo que sospechaba. El lugar menos esperado”, dijo Marcos, “era un puesto de comida”. Miraron detenidamente al hombre de las hamburguesas, esperando que sucediera algo, pero el hombre no hacía mas que sonreírles desde su puesto. “¿Y bien?”, preguntó Julia un tanto ansiosa, “¿Dónde está?”. “Ah”, suspiró el señor, “Pero no es tan sencillo. A la Feria de los Mundos sólo se puede ingresar de a uno. Tendrán que decidir cuál de los dos va a ser el primero”.
Marcos miró a Julia, y ella le devolvió la misma mirada. “Pero, ¿qué va a pasar una vez que entremos? ¿Qué le pasa al otro? ¿Se queda esperando aquí?”. El hombre, siempre sonriendo, los miró con paciencia, como si hubiese escuchado esas preguntas infinidad de veces. “Si pudiera contestar todo eso, ya no tendría sentido la Feria de los Mundos. Como ya les dije, lo más interesante es no saber”. “¿Quiere decir que...?”, comenzó a preguntar Marcos, un tanto preocupado. “Quiero decir” siguió el hombre, “que para ingresar a la Feria de los Mundos, hay que dejar todo atrás. Esta no es una feria cualquiera. O se entra, o no se entra. Sin embargo, habiendo llegado tan lejos, no entrar significaría vivir en el peor de los mundos posibles: el de la eterna duda. Nadie puede olvidar jamás que estuvo en el umbral de la Feria de los Mundos. Nadie logra perdonarse no haber entrado. La incertidumbre se convierte en la peor enemiga”. “Pero, no entiendo”, dijo Marcos un tanto confundido, “¿No dice usted que lo más interesante es no saber? Ahora dice que no saber es el peor de los mundos posibles”. El señor miró a Marcos con sabiduría. “No saber es interesante cuando se está a punto de descubrirlo. No saber nunca, es como estar eternamente sobre un tren que nunca llegará a destino”.
Marcos y Julia quedaron en silencio, pensando. El hombre permaneció frente a ellos, esperando pacientemente. Finalmente, Julia se dirigió al hombre “¿Podríamos charlarlo un momento?”. “Por supuesto”, respondió amablemente el hombre, “pero no tarden mucho. No querrán dejar que se vaya el tren”.
Se alejaron unos metros del puesto para hablar más tranquilos. “Si decidimos entrar, creo que yo debería ir primero”, señaló Julia, “Yo empecé con todo esto, y si pasa algo malo, debería ser yo quien lo experimente”. “Como quieras, pero si pasa algo malo, dudo que tengas forma de comunicármelo. De todas formas, deberíamos pensarlo más. Podríamos desaparecer para siempre, o no vernos nunca más”. Ese pensamiento le provocó ganas de besarla, y Julia se aferró a él, pensando que había muchas posibilidades de que fuera un beso de despedida.
martes, 2 de febrero de 2010
lunes, 4 de enero de 2010
Nueve
Julia acercó su mano a uno de los objetos, pero antes de que pudiera tocarlo el hombre le indicó que eso no estaba permitido. Julia no sabía que hacer. No podían tocar los objetos, y ninguno de los dos se animaba a preguntarle nada a ese hombre con rostro intimidante. Julia quería susurrarle algo a Marcos, pero le parecía de poca educación hacerlo frente al hombre. Finalmente entendió que no le quedaba otra opción y preguntó “¿Este es el único puesto? ¿Dónde está la feria?”. Marcos miró sorprendido a Julia, que se arrepintió en el acto de su pregunta. El rostro del hombre se transformó en algo extraño que ninguno de los dos pudo interpretar. Se puso de pie, y con el mismo gesto que había usado para señalar los objetos, indicó lo que Julia y Marcos entendieron como “La feria está aquí mismo”. Ambos miraros a los costados, y detrás del puesto, esperando que apareciera la feria como por arte de magia, pero nada sucedió. Marcos miró al hombre, que había vuelto a sentarse, como pidiendo explicaciones, pero este ya no les prestaba atención.
Pegaron la vuelta y caminaron en silencio hacia el auto. Julia arrancó el motor y Marcos se puso el cinturón de seguridad. Entonces Julia echó por el espejo retrovisor un último vistazo del misterioso puesto, y su mandíbula inferior volvió a desplomarse. Cuando Marcos lo notó, y le preguntó una vez más qué ocurría, Julia giró el espejo en dirección a Marcos. En la pequeña superficie se reflejaban no uno sino decenas de puestos, carpas y vehículos. Ambos giraron la cabeza. El hombre no había mentido: allí estaba la Feria de los Mundos.
Ni Marcos ni Julia dijeron una palabra. Y sin embargo, aunque ninguno de los dos podía expresarlo, ambos pensaban lo mismo, así que no hubo necesidad de hablar. Descendieron del auto y, tomados de las manos, se acercaron lentamente al maravilloso espectáculo. Mientras caminaban, Julia trató de comparar la escena con las tantas que había formado en su cabeza cuando leía sus cuentos sobre ferias. Algo estaba mal, en los libros, cuando los personajes visitaban la feria, siempre era de noche. Entonces sucedió algo extraño en extremo. El sol comenzó a descender, y para el momento en que estaban parados justo frente a la feria, ya había anochecido. Las luces se encendieron, y la imagen fue exactamente como Julia esperaba que fuera. Más extraño aún fue que ni a Julia ni a Marcos le sorprendiera este hecho. Simplemente lo aceptaron como un indicador del comienzo de la magia: ya era demasiado tarde para volver atrás.
-5-
“¿Por donde empezamos?”Preguntó finalmente Marcos. “Hay tanto para ver”. Y era cierto: había tiendas que vendían comida de olores exóticos o prendas de vestir con estampados raros, había carpas que anunciaban las más extrañas atrocidades. “Vamos allá”. Indicó Julia, decidida, señalando una pequeña carpa. Era la tienda del Señor Eléctrico. Julia había leído sobre ese personaje, y cómo le había contado a un famoso escritor el futuro, y cómo, años más tarde, ese futuro se había cumplido al pie de la letra.
Entraron en la tienda, que era sorprendentemente más grande por dentro de lo que parecía desde afuera, y vieron a una decena de personas sentadas en sillas frente a un escenario. Los espectadores daban la sensación de no ser personas comunes -viajeros aburridos en busca de una historia más que contar sobre sus vacaciones. Todos, juzgando desde sus ropas hasta sus peinados, parecían ser participantes residentes del universo de la feria, como si asumieran eternamente su rol expectante en una escena que nunca acabaría.
Un hombre con una galera de lentejuelas rojas se acercó a Marcos y Julia. “Siéntense por acá”, les dijo “El show está a punto de empezar”. Segundos después el Señor Eléctrico fue anunciado. Entró en escena con una explosión, y durante su acto encendió diez lamparitas con los dedos, de los que emanaba un hilo de electricidad de color azul. Luego, todas las luces de la carpa estallaron, dejando todo a oscuras, y tras varios minutos de gritos e histeria colectiva del público, decenas de luces se encendieron y mostraron al Señor Eléctrico vestido con un traje de lamparitas, todas encendidas por el poder de su energía.
Marcos y Julia abandonaron la carpa, emocionados. Volvieron a pararse en medio de la feria, tratando de decidir qué hacer a continuación. Entonces Marcos tomó a Julia de las manos y la besó. Muchos minutos después, Julia interrumpió el beso y le preguntó a Marcos a qué se debía semejante impulsividad. “Tengo la sensación” dijo el, “de que podría pasar algo, no se que, algo raro. No me gustaría que sucediera sin antes haber podido darte un beso”. Julia sonrió, y volvió a besarlo.
Recorrieron varias tiendas y puestos, y las cosas se ponían cada vez más extrañas. “Me pregunto dónde estará la bendita Feria de los Mundos”, dijo Marcos, cansado de caminar en círculo. “Tal vez no exista” reflexionó Julia, “tal vez esto sea todo: una serie de atracciones extrañas, definitivamente maravillosas e inexplicables, pero no más que eso”. “Eso no tiene sentido. Para empezar, ya habían pasado cosas raras antes de que llegáramos. Después, la feria apareció de la nada, el Señor Eléctrico, la Dama que Flota, el Escritor Telepático. Todas esas cosas sin explicación, ¿y no va a existir la feria de la que hablaba Petropulos?”. Marcos se sentó en un banco de madera. “No se,” contestó Julia, sentándose a su lado. “Muchas de esas cosas tienen una explicación lógica. El Señor Eléctrico podría tener demasiada estática en su cuerpo. Es sabido que muchos gurus de la India logran levitar en altos estados de concentración, y la telepatía también es aceptada como una habilidad posible para algunas mentes superiores”.
A Marcos no lo conformaban estas explicaciones. “¿Y el tamaño de las carpas? ¿Notaste que por fuera todas parecen carpas de camping para cuatro personas, y al entrar son espacios enormes, con luces y sillas y escenarios? ¿Y la noche?”. Tiene razón, pensó Julia. ¿A quien trato de engañar? Es una feria mágica. De eso no cabe duda. “Entonces, en algún lugar por aquí tiene que haber una carpa que albergue la Feria de los Mundos”. “Ya recorrimos todo el lugar tres veces”, contestó Marcos, “no se me ocurre donde puede estar”.
Pegaron la vuelta y caminaron en silencio hacia el auto. Julia arrancó el motor y Marcos se puso el cinturón de seguridad. Entonces Julia echó por el espejo retrovisor un último vistazo del misterioso puesto, y su mandíbula inferior volvió a desplomarse. Cuando Marcos lo notó, y le preguntó una vez más qué ocurría, Julia giró el espejo en dirección a Marcos. En la pequeña superficie se reflejaban no uno sino decenas de puestos, carpas y vehículos. Ambos giraron la cabeza. El hombre no había mentido: allí estaba la Feria de los Mundos.
Ni Marcos ni Julia dijeron una palabra. Y sin embargo, aunque ninguno de los dos podía expresarlo, ambos pensaban lo mismo, así que no hubo necesidad de hablar. Descendieron del auto y, tomados de las manos, se acercaron lentamente al maravilloso espectáculo. Mientras caminaban, Julia trató de comparar la escena con las tantas que había formado en su cabeza cuando leía sus cuentos sobre ferias. Algo estaba mal, en los libros, cuando los personajes visitaban la feria, siempre era de noche. Entonces sucedió algo extraño en extremo. El sol comenzó a descender, y para el momento en que estaban parados justo frente a la feria, ya había anochecido. Las luces se encendieron, y la imagen fue exactamente como Julia esperaba que fuera. Más extraño aún fue que ni a Julia ni a Marcos le sorprendiera este hecho. Simplemente lo aceptaron como un indicador del comienzo de la magia: ya era demasiado tarde para volver atrás.
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“¿Por donde empezamos?”Preguntó finalmente Marcos. “Hay tanto para ver”. Y era cierto: había tiendas que vendían comida de olores exóticos o prendas de vestir con estampados raros, había carpas que anunciaban las más extrañas atrocidades. “Vamos allá”. Indicó Julia, decidida, señalando una pequeña carpa. Era la tienda del Señor Eléctrico. Julia había leído sobre ese personaje, y cómo le había contado a un famoso escritor el futuro, y cómo, años más tarde, ese futuro se había cumplido al pie de la letra.
Entraron en la tienda, que era sorprendentemente más grande por dentro de lo que parecía desde afuera, y vieron a una decena de personas sentadas en sillas frente a un escenario. Los espectadores daban la sensación de no ser personas comunes -viajeros aburridos en busca de una historia más que contar sobre sus vacaciones. Todos, juzgando desde sus ropas hasta sus peinados, parecían ser participantes residentes del universo de la feria, como si asumieran eternamente su rol expectante en una escena que nunca acabaría.
Un hombre con una galera de lentejuelas rojas se acercó a Marcos y Julia. “Siéntense por acá”, les dijo “El show está a punto de empezar”. Segundos después el Señor Eléctrico fue anunciado. Entró en escena con una explosión, y durante su acto encendió diez lamparitas con los dedos, de los que emanaba un hilo de electricidad de color azul. Luego, todas las luces de la carpa estallaron, dejando todo a oscuras, y tras varios minutos de gritos e histeria colectiva del público, decenas de luces se encendieron y mostraron al Señor Eléctrico vestido con un traje de lamparitas, todas encendidas por el poder de su energía.
Marcos y Julia abandonaron la carpa, emocionados. Volvieron a pararse en medio de la feria, tratando de decidir qué hacer a continuación. Entonces Marcos tomó a Julia de las manos y la besó. Muchos minutos después, Julia interrumpió el beso y le preguntó a Marcos a qué se debía semejante impulsividad. “Tengo la sensación” dijo el, “de que podría pasar algo, no se que, algo raro. No me gustaría que sucediera sin antes haber podido darte un beso”. Julia sonrió, y volvió a besarlo.
Recorrieron varias tiendas y puestos, y las cosas se ponían cada vez más extrañas. “Me pregunto dónde estará la bendita Feria de los Mundos”, dijo Marcos, cansado de caminar en círculo. “Tal vez no exista” reflexionó Julia, “tal vez esto sea todo: una serie de atracciones extrañas, definitivamente maravillosas e inexplicables, pero no más que eso”. “Eso no tiene sentido. Para empezar, ya habían pasado cosas raras antes de que llegáramos. Después, la feria apareció de la nada, el Señor Eléctrico, la Dama que Flota, el Escritor Telepático. Todas esas cosas sin explicación, ¿y no va a existir la feria de la que hablaba Petropulos?”. Marcos se sentó en un banco de madera. “No se,” contestó Julia, sentándose a su lado. “Muchas de esas cosas tienen una explicación lógica. El Señor Eléctrico podría tener demasiada estática en su cuerpo. Es sabido que muchos gurus de la India logran levitar en altos estados de concentración, y la telepatía también es aceptada como una habilidad posible para algunas mentes superiores”.
A Marcos no lo conformaban estas explicaciones. “¿Y el tamaño de las carpas? ¿Notaste que por fuera todas parecen carpas de camping para cuatro personas, y al entrar son espacios enormes, con luces y sillas y escenarios? ¿Y la noche?”. Tiene razón, pensó Julia. ¿A quien trato de engañar? Es una feria mágica. De eso no cabe duda. “Entonces, en algún lugar por aquí tiene que haber una carpa que albergue la Feria de los Mundos”. “Ya recorrimos todo el lugar tres veces”, contestó Marcos, “no se me ocurre donde puede estar”.
martes, 22 de diciembre de 2009
La Feria de los Mundos, octava entrega
Julia estaba a punto de despedirse, cuando Marcos tomó una gran bocanada de aire y le preguntó, “¿Qué vas a hacer ahora?”. Julia lo miró, y tratando de ocultar el sobresalto respondió “Nada en particular”. “¿Te gustaría ir al cine?”, inquirió Marcos, sintiendo que sus mejillas se teñían de color carmín. Julia dijo que sí con la cabeza, sonriendo.
Les gustó descubrir que sus gustos cinematográficos eran similares, y pasaron dos horas y media viendo una película de fantasía medieval. Luego tomaron un café en un barcito cerca del cine, y comentaron animadamente sus partes preferidas del filme. Mientras esperaban que el mozo le trajera la cuenta, se quedaron mirándose en silencio, y una conversación vecina se filtró sin querer en sus oídos. “Y después pinchamos, y estuvimos media hora esperando a la grúa porque no tenía rueda de auxilio. Decí que mi mujer se entretuvo mirando chucherías en una feria. Los chicos se fueron mirar las atracciones y pude descansar un poco”. Julia y Marcos se miraron, y luego al hombre que había dicho las esas palabras. Julia miró a Marcos, como indicándole que hiciera algo al respecto. El chico tomó valor y se acercó a la mesa vecina. Al cabo de unos minutos de conversar con el señor, volvió a su mesa y le comentó a Julia lo que había averiguado. “La feria está a unos treinta kilómetros de acá. Se está acercando”. Julia se quedó pensando. “¿Te parece que vayamos a investigar?”. “No se”, contestó el. Permanecieron largo rato en silencio, y se retiraron mucho después de que el mozo viniera a cobrarles.
Julia llevó a Marcos a su casa (tampoco hablaron en el auto). Antes de bajarse, Marcos reflexionó: “Si vamos a ir, tenemos que decidirnos rápido, porque la feria se mueve. Te propongo que lo pensemos esta noche. Mañana te llamo apenas me despierte. Si nos decidimos, pedimos un imprevisto en la escuela y salimos a primera hora”. “Me parece bien”, contestó Julia tras pensarlo un momento, y agregó “Gracias por la salida”. Marcos se despidió con una amplia sonrisa.
Ninguno de los dos pudo dormir esa noche. Los pensamientos de Julia alternaban entre la feria, la decisión pendiente, y la salida con Marcos. Había tanto en su cabeza que no había podido disfrutar recordando la agradable cita. Pensó que le habría gustado darle un beso, pero ya habría tiempo para eso.
Cuando sonó el teléfono, Julia ya tenía su bolso armado. Había puesto un abrigo, unos sándwiches y un termo con jugo de naranja. Después de todo, no sabía si iban a encontrar una feria o un enorme descampado. No tuvo que dar demasiadas explicaciones en la escuela: no faltaba desde hacía meses. Marcos, en cambio, tuvo que justificarse ya que había perdido cuatro días ese mes. Lo solucionó diciendo que el médico quería hacerle un chequeo para comprobar que se había recuperado.
A poco más de media hora de haber salido, arribaron al lugar indicado por el señor del bar. Ambos descendieron del auto, y contemplaron con tristeza la extensa desolación del campo. Allí no había ninguna feria. “No puede ser”, dijo Marcos, confundido. “El señor dijo que había estado aquí ayer a la mañana. No pudieron mover todo tan rápido”. Julia lo miró a los ojos. “Si la feria puede hacer lo que sospechamos que hace, no veo por qué no podría moverse a fuerza de algún método sobrenatural”. Se sentaron en un sector donde había crecido el pasto, a desayunar sándwiches y jugo. Después de todo, habían perdido un día de trabajo, y no tenían demasiadas opciones en medio del campo.
Marcos le contó a Julia cosas sobre su infancia, y Julia pasó largo rato hablando de sus alumnos y la generalizada falta de imaginación de los niños modernos. Ambos habían crecido de forma tan diferente a los niños que asistían a la escuela donde trabajaban... infancias llenas de juegos, y secretos, y mundos imaginarios. Julia sentía mucha lástima por sus alumnos, que habían tenido la mala suerte de crecer en una ciudad de acero y piedra.
El sol brillaba sobre sus cabezas cuando Julia y Marcos decidieron emprender el viaje de regreso. Subieron al auto, echando una mirada melancólica al lugar donde habían creído que encontrarían la maravillosa Feria de los Mundos.
No habían avanzado ni dos kilómetros cuando, repentinamente y sin aviso, Julia pisó bruscamente el freno. Marcos, que casi se da la cabeza contra el parabrisas, preguntó alarmado qué sucedía, y Julia no pudo más que señalar con la boca abierta, algún punto en medio del descampado, a un lado de la ruta. Marcos siguió con la mirada la trayectoria que marcaba el dedo de Julia, y él también dejó caer su mandíbula inferior. Ni siquiera un auto, que los eludió tocando desaforadamente su bocina, logró que despertaran del asombro que eso les había provocado. Allí, en medio de la nada, había una pequeña tienda. La parte frontal estaba levantada formando un toldo, y bajo el toldo se encontraba una mesa plegadiza. Sobre la mesa brillaban cosas que los ojos de Marcos y Julia no llegaban a distinguir, y tras ella estaba sentado un señor con un turbante. Cuando pasó el segundo auto, el de Julia se tambaleó por un momento, y entonces no tuvieron mas remedio que salir del trance y moverse del camino. Julia estacionó a un lado de la ruta, y ambos caminaron lentamente hacia el solitario puesto.
Cuando estaban a cierta distancia, Marcos tomó la mano de Julia y le susurró a un oído “¿Te parece que avancemos más? Ese tipo tiene cara de psicópata”. “Precisamente,” replicó Julia en voz baja, “Debe ser de la feria. ¿Te das cuenta? ¡La encontramos!”. Finalmente estaban cara a cara con el hombre del turbante, que los miraba fijamente con rostro inexpresivo. “Buenos días”, se le ocurrió decir a Julia. El hombre no respondió. “¿Que es lo que vende?” intentó Marcos. El hombre se remitió a señalar con la mano abierta los objetos sobre la mesa. Ninguno de los dos entendía bien qué eran exactamente. En su mayoría, había cosas de vidrio o de metal, objetos brillantes -tal vez adornos- de formas raras, con pequeñas partes que giraban o se movían con el viento. Algunos emitían sonidos agradables y suaves como los de los llamadores de las puertas.
Les gustó descubrir que sus gustos cinematográficos eran similares, y pasaron dos horas y media viendo una película de fantasía medieval. Luego tomaron un café en un barcito cerca del cine, y comentaron animadamente sus partes preferidas del filme. Mientras esperaban que el mozo le trajera la cuenta, se quedaron mirándose en silencio, y una conversación vecina se filtró sin querer en sus oídos. “Y después pinchamos, y estuvimos media hora esperando a la grúa porque no tenía rueda de auxilio. Decí que mi mujer se entretuvo mirando chucherías en una feria. Los chicos se fueron mirar las atracciones y pude descansar un poco”. Julia y Marcos se miraron, y luego al hombre que había dicho las esas palabras. Julia miró a Marcos, como indicándole que hiciera algo al respecto. El chico tomó valor y se acercó a la mesa vecina. Al cabo de unos minutos de conversar con el señor, volvió a su mesa y le comentó a Julia lo que había averiguado. “La feria está a unos treinta kilómetros de acá. Se está acercando”. Julia se quedó pensando. “¿Te parece que vayamos a investigar?”. “No se”, contestó el. Permanecieron largo rato en silencio, y se retiraron mucho después de que el mozo viniera a cobrarles.
Julia llevó a Marcos a su casa (tampoco hablaron en el auto). Antes de bajarse, Marcos reflexionó: “Si vamos a ir, tenemos que decidirnos rápido, porque la feria se mueve. Te propongo que lo pensemos esta noche. Mañana te llamo apenas me despierte. Si nos decidimos, pedimos un imprevisto en la escuela y salimos a primera hora”. “Me parece bien”, contestó Julia tras pensarlo un momento, y agregó “Gracias por la salida”. Marcos se despidió con una amplia sonrisa.
Ninguno de los dos pudo dormir esa noche. Los pensamientos de Julia alternaban entre la feria, la decisión pendiente, y la salida con Marcos. Había tanto en su cabeza que no había podido disfrutar recordando la agradable cita. Pensó que le habría gustado darle un beso, pero ya habría tiempo para eso.
Cuando sonó el teléfono, Julia ya tenía su bolso armado. Había puesto un abrigo, unos sándwiches y un termo con jugo de naranja. Después de todo, no sabía si iban a encontrar una feria o un enorme descampado. No tuvo que dar demasiadas explicaciones en la escuela: no faltaba desde hacía meses. Marcos, en cambio, tuvo que justificarse ya que había perdido cuatro días ese mes. Lo solucionó diciendo que el médico quería hacerle un chequeo para comprobar que se había recuperado.
A poco más de media hora de haber salido, arribaron al lugar indicado por el señor del bar. Ambos descendieron del auto, y contemplaron con tristeza la extensa desolación del campo. Allí no había ninguna feria. “No puede ser”, dijo Marcos, confundido. “El señor dijo que había estado aquí ayer a la mañana. No pudieron mover todo tan rápido”. Julia lo miró a los ojos. “Si la feria puede hacer lo que sospechamos que hace, no veo por qué no podría moverse a fuerza de algún método sobrenatural”. Se sentaron en un sector donde había crecido el pasto, a desayunar sándwiches y jugo. Después de todo, habían perdido un día de trabajo, y no tenían demasiadas opciones en medio del campo.
Marcos le contó a Julia cosas sobre su infancia, y Julia pasó largo rato hablando de sus alumnos y la generalizada falta de imaginación de los niños modernos. Ambos habían crecido de forma tan diferente a los niños que asistían a la escuela donde trabajaban... infancias llenas de juegos, y secretos, y mundos imaginarios. Julia sentía mucha lástima por sus alumnos, que habían tenido la mala suerte de crecer en una ciudad de acero y piedra.
El sol brillaba sobre sus cabezas cuando Julia y Marcos decidieron emprender el viaje de regreso. Subieron al auto, echando una mirada melancólica al lugar donde habían creído que encontrarían la maravillosa Feria de los Mundos.
No habían avanzado ni dos kilómetros cuando, repentinamente y sin aviso, Julia pisó bruscamente el freno. Marcos, que casi se da la cabeza contra el parabrisas, preguntó alarmado qué sucedía, y Julia no pudo más que señalar con la boca abierta, algún punto en medio del descampado, a un lado de la ruta. Marcos siguió con la mirada la trayectoria que marcaba el dedo de Julia, y él también dejó caer su mandíbula inferior. Ni siquiera un auto, que los eludió tocando desaforadamente su bocina, logró que despertaran del asombro que eso les había provocado. Allí, en medio de la nada, había una pequeña tienda. La parte frontal estaba levantada formando un toldo, y bajo el toldo se encontraba una mesa plegadiza. Sobre la mesa brillaban cosas que los ojos de Marcos y Julia no llegaban a distinguir, y tras ella estaba sentado un señor con un turbante. Cuando pasó el segundo auto, el de Julia se tambaleó por un momento, y entonces no tuvieron mas remedio que salir del trance y moverse del camino. Julia estacionó a un lado de la ruta, y ambos caminaron lentamente hacia el solitario puesto.
Cuando estaban a cierta distancia, Marcos tomó la mano de Julia y le susurró a un oído “¿Te parece que avancemos más? Ese tipo tiene cara de psicópata”. “Precisamente,” replicó Julia en voz baja, “Debe ser de la feria. ¿Te das cuenta? ¡La encontramos!”. Finalmente estaban cara a cara con el hombre del turbante, que los miraba fijamente con rostro inexpresivo. “Buenos días”, se le ocurrió decir a Julia. El hombre no respondió. “¿Que es lo que vende?” intentó Marcos. El hombre se remitió a señalar con la mano abierta los objetos sobre la mesa. Ninguno de los dos entendía bien qué eran exactamente. En su mayoría, había cosas de vidrio o de metal, objetos brillantes -tal vez adornos- de formas raras, con pequeñas partes que giraban o se movían con el viento. Algunos emitían sonidos agradables y suaves como los de los llamadores de las puertas.
lunes, 14 de diciembre de 2009
La Feria 7
Durante los cuatro días en los que Marcos no se presentó a trabajar, Julia no hizo otra cosa que pensar en lo que le había dicho Brian IV. ¿Y si la madre de Brian descubrió la feria, y se embarcó a descubrir otros mundos posibles? La historia le sonaba descabellada, pero le había dado tantas vueltas en su cabeza que ya nada parecía extraño.
Lo único que interrumpió las meditaciones de Julia fue una invitación de Tatiana a cenar. Había invitado a un grupo de amigos a su casa, y deseaba contar con la presencia de su amiga. Julia aceptó contra su voluntad, tras la insistencia de Tatiana. Esa noche se puso un vestido sencillo y se presentó en casa de su amiga poco después de las nueve. La cena le resultó tediosa (la mayoría de los invitados eran jóvenes emprendedores y secretarias con minifalda), y Julia maldijo el momento en que se dejó convencer de asistir.
Durante el café, uno de los jóvenes comenzó un monólogo de media hora, en el que hablaba sobre sus aspiraciones en la vida. “...y cuando finalmente logre el ascenso, nada se interpondrá en mi camino”. Julia, cansada de bostezar, decidió interrumpirlo. “¿No te parece un poco aburrido saber como va a ser tu vida desde ahora hasta que te mueras?” El joven reparó en Julia, y con soberbia, contestó “No, porque mi vida no podría ser mejor que esto. Creo que he tenido la suerte de venir a parar a mi mejor vida posible. Soy joven, apuesto, talentoso...”. Julia no escuchó el resto de la respuesta. Su cabeza volvió a la feria, al Sr. Petropulos, a la madre de Brian. Casi estaba segura de que su teoría era cierta. Lo sentía en lo profundo de su ser. No podía aguantar sus deseos de ver a Marcos, y expresar lo que pensaba al respecto.
-4-
Cuando Julia volvió a bajar al sótano y encontró a Marcos nuevamente en su puesto, no pudo contener su alegría y lo abrazó con fuerza. El joven sonrió, mostrando que el también estaba contento de verla, pero su rostro se volvió completamente rojo. Julia se sentó, y durante veinte minutos explicó detenidamente todo lo que había elaborado en su cabeza. Cuando finalizó, Marcos estaba pensativo. Guardaron silencio durante unos minutos, hasta que finalmente él habló. “Bueno, lo cierto es que, pensándolo fríamente, todo lo que decís es una completa estupidez” Julia frunció el ceño. “Sin embargo,” prosiguió Marcos, “habiendo visto el folleto, y leído el cuaderno de Petropulos, no puedo no creer que... tal vez... en una de esas... sí existe una Feria de los Mundos, y probablemente allí pasen cosas que nuestras mentes no están preparadas para procesar”. Julia suspiró aliviada. Si se estaba volviendo loca, al menos alguien la acompañaría al psiquiátrico. “Ahora bien”, continuó elaborando el joven, “si la feria existe, es probable que no esté siempre en el mismo lugar. Las ferias son nómades por naturaleza. Y eso que dice Petropulos, la feria siempre está en el lugar menos esperado...”. “Aparece”, interrumpió Julia, “la feria siempre aparece, dice el bibliotecario, como si apareciera de la nada. Y Brian lo dijo, cuando volvieron a pasar, ya no estaba. Eso mismo me pasó con el folleto. Ese negocio donde lo encontré, juraría que no estaba ahí antes. Y el mismo folleto... era el único que había en el exhibidor. Tal vez no hay que buscar la feria, sino esperar que la feria lo busque a uno...”. Se despidieron con ese pensamiento.
En los días sucesivos, Julia emprendió sus tareas rutinarias pensando en qué pasaría si pudiera elegir otra realidad. Cada vez que los niños gritaban, o se rehusaban a prestar atención, Julia imaginaba en su mente que los niños desaparecían, que estaba en otro lugar, o tal vez en otra clase, con otros alumnos que sentían deseos de usar su imaginación, de crear, de ser niños.
Dejó de reunirse con las demás maestras a tomar el té. Últimamente su mente vagaba demasiado, y las maestras empezaban a cuchichear a sus espaldas. Volvió a dejarse el pelo suelto, a usar prendas de colores brillantes. Día a día, la sola idea de la Feria de los Mundos le devolvía a Julia, al menos en su imaginación, las ganas de vivir.
A Marcos también se lo veía más animado. Cuando pasaba a saludarlo en sus ratos libres, siempre estaba tarareando una canción, o silbando. Ya poco se parecía al joven callado y tranquilo que había conocido. Una tarde, hasta se animó a invitarla a salir.
Lo único que interrumpió las meditaciones de Julia fue una invitación de Tatiana a cenar. Había invitado a un grupo de amigos a su casa, y deseaba contar con la presencia de su amiga. Julia aceptó contra su voluntad, tras la insistencia de Tatiana. Esa noche se puso un vestido sencillo y se presentó en casa de su amiga poco después de las nueve. La cena le resultó tediosa (la mayoría de los invitados eran jóvenes emprendedores y secretarias con minifalda), y Julia maldijo el momento en que se dejó convencer de asistir.
Durante el café, uno de los jóvenes comenzó un monólogo de media hora, en el que hablaba sobre sus aspiraciones en la vida. “...y cuando finalmente logre el ascenso, nada se interpondrá en mi camino”. Julia, cansada de bostezar, decidió interrumpirlo. “¿No te parece un poco aburrido saber como va a ser tu vida desde ahora hasta que te mueras?” El joven reparó en Julia, y con soberbia, contestó “No, porque mi vida no podría ser mejor que esto. Creo que he tenido la suerte de venir a parar a mi mejor vida posible. Soy joven, apuesto, talentoso...”. Julia no escuchó el resto de la respuesta. Su cabeza volvió a la feria, al Sr. Petropulos, a la madre de Brian. Casi estaba segura de que su teoría era cierta. Lo sentía en lo profundo de su ser. No podía aguantar sus deseos de ver a Marcos, y expresar lo que pensaba al respecto.
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Cuando Julia volvió a bajar al sótano y encontró a Marcos nuevamente en su puesto, no pudo contener su alegría y lo abrazó con fuerza. El joven sonrió, mostrando que el también estaba contento de verla, pero su rostro se volvió completamente rojo. Julia se sentó, y durante veinte minutos explicó detenidamente todo lo que había elaborado en su cabeza. Cuando finalizó, Marcos estaba pensativo. Guardaron silencio durante unos minutos, hasta que finalmente él habló. “Bueno, lo cierto es que, pensándolo fríamente, todo lo que decís es una completa estupidez” Julia frunció el ceño. “Sin embargo,” prosiguió Marcos, “habiendo visto el folleto, y leído el cuaderno de Petropulos, no puedo no creer que... tal vez... en una de esas... sí existe una Feria de los Mundos, y probablemente allí pasen cosas que nuestras mentes no están preparadas para procesar”. Julia suspiró aliviada. Si se estaba volviendo loca, al menos alguien la acompañaría al psiquiátrico. “Ahora bien”, continuó elaborando el joven, “si la feria existe, es probable que no esté siempre en el mismo lugar. Las ferias son nómades por naturaleza. Y eso que dice Petropulos, la feria siempre está en el lugar menos esperado...”. “Aparece”, interrumpió Julia, “la feria siempre aparece, dice el bibliotecario, como si apareciera de la nada. Y Brian lo dijo, cuando volvieron a pasar, ya no estaba. Eso mismo me pasó con el folleto. Ese negocio donde lo encontré, juraría que no estaba ahí antes. Y el mismo folleto... era el único que había en el exhibidor. Tal vez no hay que buscar la feria, sino esperar que la feria lo busque a uno...”. Se despidieron con ese pensamiento.
En los días sucesivos, Julia emprendió sus tareas rutinarias pensando en qué pasaría si pudiera elegir otra realidad. Cada vez que los niños gritaban, o se rehusaban a prestar atención, Julia imaginaba en su mente que los niños desaparecían, que estaba en otro lugar, o tal vez en otra clase, con otros alumnos que sentían deseos de usar su imaginación, de crear, de ser niños.
Dejó de reunirse con las demás maestras a tomar el té. Últimamente su mente vagaba demasiado, y las maestras empezaban a cuchichear a sus espaldas. Volvió a dejarse el pelo suelto, a usar prendas de colores brillantes. Día a día, la sola idea de la Feria de los Mundos le devolvía a Julia, al menos en su imaginación, las ganas de vivir.
A Marcos también se lo veía más animado. Cuando pasaba a saludarlo en sus ratos libres, siempre estaba tarareando una canción, o silbando. Ya poco se parecía al joven callado y tranquilo que había conocido. Una tarde, hasta se animó a invitarla a salir.
sábado, 28 de noviembre de 2009
La Feria VI
Mi búsqueda del mejor mundo posible está plagada de complicaciones. La feria de los mundos es un lugar muy peligroso. Hay tentaciones a cada paso, y todos se confabulan para que uno no encuentre su mejor mundo posible. En uno de los mundos me enamoré de una muchacha, pero en el otro ella no me conocía. Era camarera en un bar, y me ignoraba por completo.
Julia miró sin entender, e hizo un gesto a Marcos de que pasara la página, pero una voz gruesa y resonante los interrumpió. “Tengo órdenes de cerrar la puerta de entrada. ¿Piensan quedarse acá mucho tiempo más?”. Era un portero de la escuela, con cara de pocos amigos. Julia y Marcos tomaron sus cosas (Julia guardó el cuaderno en su cartera), y se retiraron.
Mientras caminaban hasta el auto de Julia, Marcos arrastrando su bicicleta, se preguntaban de qué estaría hablando el bibliotecario en su diario. “El mejor de los mundos posibles”, repitió Julia, “habla como si hubiera estado en distintos lugares, como si hubiese visitado otras dimensiones”. “El resto del diario es muy similar. Cuenta lo que hizo en distintos ‘mundos’: la gente que conoció, los trabajos que tenía. Llevatelo a casa y leelo. Después me contás que te parece”. Julia estuvo a punto de darle a Marcos un beso en la mejilla, pero el muchacho levantó una mano a manera de “chau” y se alejó en su bicicleta.
-3-
Julia pasó varias horas de la noche leyendo las anotaciones del Sr. Petropulos, el antiguo bibliotecario. Tal como lo había anticipado Marcos, las anotaciones no tenían relación entre sí; cada una comentaba algo sobre un lugar, sobre personas que el Sr. Petropulos había conocido en ese lugar, cosas que había hecho. En ningún lugar explicaba cómo había llegado allí, o qué relación tenía eso con la Feria de los Mundos. El único dato que figuraba en relación a la feria era una frase respecto a su ubicación: la feria siempre aparece en el lugar menos esperado.
Naturalmente, a la mañana siguiente Julia se quedó dormida. Llegó a la escuela cuando los niños ya habían terminado de izar la bandera, y gracias a una carrera contra el tiempo logró alcanzar la puerta del salón antes de que los niños subieran.
Al comenzar la clase, una de las Dianas (Julia ya no recordaba que número tenía) levantó la mano. “Señorita, ¿corrigió nuestras composiciones?”. Julia, que estaba escribiendo la fecha en el pizarrón, se petrificó. Con todo el ajetreo de la Feria, había olvidado corregir la tarea. En seguida se le ocurrió una idea. “No, he decidido que vamos a leer las composiciones en voz alta, y toda la clase podrá dar su opinión sobre las historias. Pondremos una nota entre todos”. Obviamente, los niños pensaron que esa era una pésima idea, pero Julia era la maestra y no les quedó otra opción. Uno a uno, los niños desfilaron por el frente del salón con sus composiciones. Cada una era más horrorosa, poco imaginativa y estructurada que la anterior. Julia estaba a punto de quedarse dormida, cuando algo que escuchó la despabiló en el acto. Era Brian IV. Leía una narración sobre sus últimas vacaciones con su familia. Julia le pidió que repitiera el último párrafo. “Paramos a desayunar en un parador de la ruta. Mi mamá compró un recuerdo en un puesto raro que a mi hermanita le dio miedo. Era una vasija que decía Feria de los Mundos. Después se rompió y menos mal porque era muy fea”.
Al terminar la clase, Julia llamó aparte a Brian IV. “Brian, esa feria, ese puesto donde tu mamá compró esa vasija, ¿dónde estaba?”. El chico elevó la mirada, haciendo memoria. “Hm, me parece que estaba cerca de un pueblito, pero cuando volvimos a pasar a la vuelta ya no estaba más”. Julia dudó (temía que si el niño le preguntaba a su madre por la feria, volvería a tener la horda de padres bloqueando el salón), pero finalmente se animó. “Decime, Brian, ¿tu mamá no se acordará dónde quedaba ese lugar? Es importante”. Nunca se habría preparado para la respuesta. “Señorita, mi mamá nos abandonó después de ese viaje. No se dónde está”. Julia no sabía cómo reaccionar. Le puso a Brian IV una mano en el hombro. “No sabía, perdoname por preguntar”.
Cuando bajó a la biblioteca, Julia se sorprendió al no encontrar a Marcos. En su lugar estaba una señora con anteojos y cara de bibliotecaria. Preguntó por Marcos, y la señora le dijo poco amablemente que el joven estaba enfermo. Julia se apresuró a hablar con la secretaria, que le informó que Marcos había llamado para avisar que faltaría por un resfriado. Casi sin pensarlo, Julia le pidió a la secretaria la dirección de Marcos. La señora elevó una ceja, observó a Julia de arriba abajo y preguntó “¿Y para que quiere usted su dirección?”. “Soy su amiga, quisiera visitarlo y ver como anda”, se apresuró a contestar Julia. Pero a la señora le pareció extraño que, siendo amiga de Marcos, Julia no supiera dónde vivía, y se negó a darle la información que pedía.
Julia miró sin entender, e hizo un gesto a Marcos de que pasara la página, pero una voz gruesa y resonante los interrumpió. “Tengo órdenes de cerrar la puerta de entrada. ¿Piensan quedarse acá mucho tiempo más?”. Era un portero de la escuela, con cara de pocos amigos. Julia y Marcos tomaron sus cosas (Julia guardó el cuaderno en su cartera), y se retiraron.
Mientras caminaban hasta el auto de Julia, Marcos arrastrando su bicicleta, se preguntaban de qué estaría hablando el bibliotecario en su diario. “El mejor de los mundos posibles”, repitió Julia, “habla como si hubiera estado en distintos lugares, como si hubiese visitado otras dimensiones”. “El resto del diario es muy similar. Cuenta lo que hizo en distintos ‘mundos’: la gente que conoció, los trabajos que tenía. Llevatelo a casa y leelo. Después me contás que te parece”. Julia estuvo a punto de darle a Marcos un beso en la mejilla, pero el muchacho levantó una mano a manera de “chau” y se alejó en su bicicleta.
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Julia pasó varias horas de la noche leyendo las anotaciones del Sr. Petropulos, el antiguo bibliotecario. Tal como lo había anticipado Marcos, las anotaciones no tenían relación entre sí; cada una comentaba algo sobre un lugar, sobre personas que el Sr. Petropulos había conocido en ese lugar, cosas que había hecho. En ningún lugar explicaba cómo había llegado allí, o qué relación tenía eso con la Feria de los Mundos. El único dato que figuraba en relación a la feria era una frase respecto a su ubicación: la feria siempre aparece en el lugar menos esperado.
Naturalmente, a la mañana siguiente Julia se quedó dormida. Llegó a la escuela cuando los niños ya habían terminado de izar la bandera, y gracias a una carrera contra el tiempo logró alcanzar la puerta del salón antes de que los niños subieran.
Al comenzar la clase, una de las Dianas (Julia ya no recordaba que número tenía) levantó la mano. “Señorita, ¿corrigió nuestras composiciones?”. Julia, que estaba escribiendo la fecha en el pizarrón, se petrificó. Con todo el ajetreo de la Feria, había olvidado corregir la tarea. En seguida se le ocurrió una idea. “No, he decidido que vamos a leer las composiciones en voz alta, y toda la clase podrá dar su opinión sobre las historias. Pondremos una nota entre todos”. Obviamente, los niños pensaron que esa era una pésima idea, pero Julia era la maestra y no les quedó otra opción. Uno a uno, los niños desfilaron por el frente del salón con sus composiciones. Cada una era más horrorosa, poco imaginativa y estructurada que la anterior. Julia estaba a punto de quedarse dormida, cuando algo que escuchó la despabiló en el acto. Era Brian IV. Leía una narración sobre sus últimas vacaciones con su familia. Julia le pidió que repitiera el último párrafo. “Paramos a desayunar en un parador de la ruta. Mi mamá compró un recuerdo en un puesto raro que a mi hermanita le dio miedo. Era una vasija que decía Feria de los Mundos. Después se rompió y menos mal porque era muy fea”.
Al terminar la clase, Julia llamó aparte a Brian IV. “Brian, esa feria, ese puesto donde tu mamá compró esa vasija, ¿dónde estaba?”. El chico elevó la mirada, haciendo memoria. “Hm, me parece que estaba cerca de un pueblito, pero cuando volvimos a pasar a la vuelta ya no estaba más”. Julia dudó (temía que si el niño le preguntaba a su madre por la feria, volvería a tener la horda de padres bloqueando el salón), pero finalmente se animó. “Decime, Brian, ¿tu mamá no se acordará dónde quedaba ese lugar? Es importante”. Nunca se habría preparado para la respuesta. “Señorita, mi mamá nos abandonó después de ese viaje. No se dónde está”. Julia no sabía cómo reaccionar. Le puso a Brian IV una mano en el hombro. “No sabía, perdoname por preguntar”.
Cuando bajó a la biblioteca, Julia se sorprendió al no encontrar a Marcos. En su lugar estaba una señora con anteojos y cara de bibliotecaria. Preguntó por Marcos, y la señora le dijo poco amablemente que el joven estaba enfermo. Julia se apresuró a hablar con la secretaria, que le informó que Marcos había llamado para avisar que faltaría por un resfriado. Casi sin pensarlo, Julia le pidió a la secretaria la dirección de Marcos. La señora elevó una ceja, observó a Julia de arriba abajo y preguntó “¿Y para que quiere usted su dirección?”. “Soy su amiga, quisiera visitarlo y ver como anda”, se apresuró a contestar Julia. Pero a la señora le pareció extraño que, siendo amiga de Marcos, Julia no supiera dónde vivía, y se negó a darle la información que pedía.
viernes, 20 de noviembre de 2009
La Feria VI
Mientras el anciano colocaba ordenadamente el dinero en la caja registradora, Julia posó su atención en un exhibidor a un lado de la caja. La mayoría de los objetos expuestos eran postales con viejas fotos de la ciudad. Pero lo que verdaderamente llamó la atención de Julia fue un folleto de color verde envuelto en plástico. En su portada había sólo una línea de texto, que parecía estar escrita a máquina: La Feria de los Mundos. Julia no podía creerlo. Lo tomó apresuradamente y, sin siquiera abrirlo, lo puso en el mostrador. “Llevo esto también”. El viejito se acomodó los lentes, miró el folleto, y luego posó una mirada seria y profunda sobre Julia. Le entregó la birome y el vuelto. “El folleto es gratis. Dudo que tenga algún valor hoy en día”. Julia agradeció al anciano, aunque no pudo evitar sentir que había algo extraño en ese lugar, y se apresuró hacia la escuela.
Durante toda la mañana Julia buscó un momento libre para investigar el folleto, que le quemaba en el fondo del bolso, pero le fue imposible. Los alumnos no le dieron respiro, y durante el recreo se vio obligada a tomar el té con el resto de las maestras, que le hacían señas desde el fondo de la cantina. Cuando finalmente terminó la clase, pensó que sería buena idea ir a comentarle a Marcos su hallazgo. Después de todo, tal vez a él se le habría ocurrido buscar el folleto en la biblioteca.
Esta vez, el lugar se veía bastante más ordenado, aunque seguía habiendo capas de polvo por todas partes. Marcos la vio llegar, pero no sonrió. Hizo un gesto con la cabeza y continuó limpiando la portada de una enciclopedia con un paño. En un principio, Julia no entendió la actitud de Marcos. Ya casi había olvidado que en su intento de cambiar de vida lo había ignorado cruelmente frente a todo el mundo. Trató de suavizar las cosas. “Hola. ¿Cómo anda todo? Se nota que estuviste trabajando mucho en esto, se ve mucho mejor”. Marcos dijo un “gracias” sin emoción, y continuó en su tarea. Julia se acercó a él, y como quien no quiere la cosa sacó el folleto de su bolso. “Mirá, lo encontré en una librería”. Marcos levantó la mirada con desgano. Al ver el folleto, dejó la enciclopedia y el trapo en el acto, y se lo arrebató a Julia de las manos.
Se sentó en la mesita e hizo un gesto a Julia de que se sentara a su lado. Luego cortó el plástico protector, abrió el folleto con cuidado y leyó en voz alta: La Feria de los Mundos, el lugar donde existen todos los mundos posibles. Miró a Julia, emocionado. “Es increíble que hayas encontrado esto. Es muy viejo. Cuando me preguntaste por él la otra vez pensé que nunca iba a aparecer. Pero después me puse a investigar. En el cuaderno del bibliotecario de esa época había datos sobre esa feria. Iba a contarte pero...”. Julia se ruborizó, avergonzada. Trató de distraer a Marcos de su desplante. “¿Qué decía el cuaderno sobre la feria?”. “Ya no importa, tenemos el folleto”. Marcos quiso pasar la página, en busca de alguna ilustración que mostrara la feria y sus atracciones. Para su sorpresa, la hoja se desintegró en cientos de pedazos. El folleto era tan viejo que comenzó a descomponerse al tacto, hasta que sólo había una montaña de trozos de papel amarronado. Julia y Marcos observaron la autodestrucción del objeto sin poder hacer nada. Marcos no pudo evitar sentirse responsable, y la miro apenado. “No te preocupes”, trató de consolarlo Julia, “me habría pasado a mi también. No es la primera vez que veo un libro desintegrarse así. Las hojas de pudren con el tiempo”.
Entonces, el rostro de Marcos se iluminó. “¡El cuaderno! Ahora si importa el contenido”. Abrió un cajón de su escritorio y sacó un cuaderno de tapa verde. Lo llevó hasta la mesa y comenzó a leer en voz alta.
Durante toda la mañana Julia buscó un momento libre para investigar el folleto, que le quemaba en el fondo del bolso, pero le fue imposible. Los alumnos no le dieron respiro, y durante el recreo se vio obligada a tomar el té con el resto de las maestras, que le hacían señas desde el fondo de la cantina. Cuando finalmente terminó la clase, pensó que sería buena idea ir a comentarle a Marcos su hallazgo. Después de todo, tal vez a él se le habría ocurrido buscar el folleto en la biblioteca.
Esta vez, el lugar se veía bastante más ordenado, aunque seguía habiendo capas de polvo por todas partes. Marcos la vio llegar, pero no sonrió. Hizo un gesto con la cabeza y continuó limpiando la portada de una enciclopedia con un paño. En un principio, Julia no entendió la actitud de Marcos. Ya casi había olvidado que en su intento de cambiar de vida lo había ignorado cruelmente frente a todo el mundo. Trató de suavizar las cosas. “Hola. ¿Cómo anda todo? Se nota que estuviste trabajando mucho en esto, se ve mucho mejor”. Marcos dijo un “gracias” sin emoción, y continuó en su tarea. Julia se acercó a él, y como quien no quiere la cosa sacó el folleto de su bolso. “Mirá, lo encontré en una librería”. Marcos levantó la mirada con desgano. Al ver el folleto, dejó la enciclopedia y el trapo en el acto, y se lo arrebató a Julia de las manos.
Se sentó en la mesita e hizo un gesto a Julia de que se sentara a su lado. Luego cortó el plástico protector, abrió el folleto con cuidado y leyó en voz alta: La Feria de los Mundos, el lugar donde existen todos los mundos posibles. Miró a Julia, emocionado. “Es increíble que hayas encontrado esto. Es muy viejo. Cuando me preguntaste por él la otra vez pensé que nunca iba a aparecer. Pero después me puse a investigar. En el cuaderno del bibliotecario de esa época había datos sobre esa feria. Iba a contarte pero...”. Julia se ruborizó, avergonzada. Trató de distraer a Marcos de su desplante. “¿Qué decía el cuaderno sobre la feria?”. “Ya no importa, tenemos el folleto”. Marcos quiso pasar la página, en busca de alguna ilustración que mostrara la feria y sus atracciones. Para su sorpresa, la hoja se desintegró en cientos de pedazos. El folleto era tan viejo que comenzó a descomponerse al tacto, hasta que sólo había una montaña de trozos de papel amarronado. Julia y Marcos observaron la autodestrucción del objeto sin poder hacer nada. Marcos no pudo evitar sentirse responsable, y la miro apenado. “No te preocupes”, trató de consolarlo Julia, “me habría pasado a mi también. No es la primera vez que veo un libro desintegrarse así. Las hojas de pudren con el tiempo”.
Entonces, el rostro de Marcos se iluminó. “¡El cuaderno! Ahora si importa el contenido”. Abrió un cajón de su escritorio y sacó un cuaderno de tapa verde. Lo llevó hasta la mesa y comenzó a leer en voz alta.
viernes, 6 de noviembre de 2009
que vamos? V creo
Ya casi ni pensaba en Marcos, y no había vuelto a pensar en su hallazgo el día de la visita a la biblioteca. Sentía que si las cosas seguían como hasta ahora, ella iba a cambiar para convertirse en una de esas chicas como su amiga Tatiana, a quienes nada les interesaban los libros, las historias y la fantasía. Tal vez eso era lo que correspondía hacer: buscar a un joven emprendedor con quien pudiera formar una familia.
Casi había empezado a convencerse de que cambiaría su actitud. Comenzó a vestirse diferente, más formal; se peinaba el cabello en un rodete y empezó a investigar planes de pago para cambiar su autito por uno más lujoso. Las demás maestras comenzaron a tenerla en cuenta, y la dejaban participar de sus conversaciones. En una ocasión, Julia estaba tomando un café en la cantina de la escuela con varias de sus colegas cuando pasó Marcos, con una pila de libros polvorientos. Le sonrió, pero Julia, que no quería causar una mala impresión, ignoró el saludo y simuló no conocerlo. Esa noche le costó dormirse, pensando en Marcos, y preguntándose si ese cambio en su vida la hacía sentirse verdaderamente bien.
A la mañana siguiente, Julia se despertó con el recuerdo de un sueño. Había soñado que entraba en la Feria de los Mundos, pero no puedo recordar qué había allí. La sensación era rara, como la que le provocaban a los personajes de los cuentos las fantasmagóricas ferias llenas de seres extraños y criaturas deformes. Julia trató de no pensar más en eso, y se vistió para ir a trabajar. Mientras manejaba, recordó que debía comprar un nuevo cuaderno. El que usaba para anotar comentarios sobre el trabajo de sus alumnos ya estaba lleno, a causa de las tantas visitas a la dirección que había tenido que registrar últimamente.
La librería donde siempre compraba sus útiles aún estaba cerrada. Julia trató de recordar algún otro local que estuviera de paso, pero estaba convencida de que esa era la única librería que había camino a la escuela. Paró en un semáforo en rojo, y entonces lo vio. Era un pequeño local de aspecto anticuado, y en la vitrina de su casi despojada vidriera se leían las palabras “artículos escolares” parcialmente despintadas. Julia estacionó cerca del negocio.
Al abrir la puerta sonó una campana, y en el acto apareció un anciano señor que le preguntó amablemente a Julia qué necesitaba. “No recuerdo haber visto este local”, pensó Julia en voz alta. “Hace muchos años que estamos acá”, dijo el anciano, “sólo que la gente sólo tiene ojos para lo moderno, los edificios lujosos y las tiendas tamaño dinosaurio. Es normal que un local como el nuestro pase desapercibido”. Julia asintió, y comenzó a buscar un cuaderno apropiado. La mayoría de la mercadería que vendía el anciano estaba amarillenta o sucia de polvo, pero a Julia le dio pena irse sin comprar nada. Decidió que se llevaría una birome, y esperaría hasta la tarde por el cuaderno.
Casi había empezado a convencerse de que cambiaría su actitud. Comenzó a vestirse diferente, más formal; se peinaba el cabello en un rodete y empezó a investigar planes de pago para cambiar su autito por uno más lujoso. Las demás maestras comenzaron a tenerla en cuenta, y la dejaban participar de sus conversaciones. En una ocasión, Julia estaba tomando un café en la cantina de la escuela con varias de sus colegas cuando pasó Marcos, con una pila de libros polvorientos. Le sonrió, pero Julia, que no quería causar una mala impresión, ignoró el saludo y simuló no conocerlo. Esa noche le costó dormirse, pensando en Marcos, y preguntándose si ese cambio en su vida la hacía sentirse verdaderamente bien.
A la mañana siguiente, Julia se despertó con el recuerdo de un sueño. Había soñado que entraba en la Feria de los Mundos, pero no puedo recordar qué había allí. La sensación era rara, como la que le provocaban a los personajes de los cuentos las fantasmagóricas ferias llenas de seres extraños y criaturas deformes. Julia trató de no pensar más en eso, y se vistió para ir a trabajar. Mientras manejaba, recordó que debía comprar un nuevo cuaderno. El que usaba para anotar comentarios sobre el trabajo de sus alumnos ya estaba lleno, a causa de las tantas visitas a la dirección que había tenido que registrar últimamente.
La librería donde siempre compraba sus útiles aún estaba cerrada. Julia trató de recordar algún otro local que estuviera de paso, pero estaba convencida de que esa era la única librería que había camino a la escuela. Paró en un semáforo en rojo, y entonces lo vio. Era un pequeño local de aspecto anticuado, y en la vitrina de su casi despojada vidriera se leían las palabras “artículos escolares” parcialmente despintadas. Julia estacionó cerca del negocio.
Al abrir la puerta sonó una campana, y en el acto apareció un anciano señor que le preguntó amablemente a Julia qué necesitaba. “No recuerdo haber visto este local”, pensó Julia en voz alta. “Hace muchos años que estamos acá”, dijo el anciano, “sólo que la gente sólo tiene ojos para lo moderno, los edificios lujosos y las tiendas tamaño dinosaurio. Es normal que un local como el nuestro pase desapercibido”. Julia asintió, y comenzó a buscar un cuaderno apropiado. La mayoría de la mercadería que vendía el anciano estaba amarillenta o sucia de polvo, pero a Julia le dio pena irse sin comprar nada. Decidió que se llevaría una birome, y esperaría hasta la tarde por el cuaderno.
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